Aproximaciones a un remake
14/07/2008 - 11:07
Con la segunda versión de Funny Games el título de la película acaba siendo doblemente sarcástico al traspasar la intencionada ironía adherida a la trama argumental para sumarse el componente bizarro causado por la extraña situación de que un director como Michael Haneke haya decidido ponerse tras las cámaras para repetir, plano por plano, el que ha sido considerado su mejor trabajo hasta la fecha. La versión US que nos presenta ahora es prácticamente un calco de la versión austríaca que nos congeló la sangre por allá finales de los ’90 y detrás de este ejercicio de mímesis no nos queda otra cosa que pararnos a preguntar: ¿por qué?

Que Haneke es un provocador es bien sabido por todos los que hemos sufrido con alguna de sus películas. Desde su inquietante "El séptimo continente" el director austríaco ha marcado las pautas de un cine nada condescendiente con las reglas de la sociedad acomodada occidental (marco social que retrata película tras película por ser, según sus propias palabras, el que mejor conoce) buscando perpetrar un atentado en contra del supuesto bienestar de las clases burguesas de la Europa contemporánea pretendiendo a la vez generar un efecto espejo a la cultura cinematográfica americana mostrando en sus filmes las consecuencias cotidianas de la pornográfica violencia a la que han llegado los medios audiovisuales. Lo importante en su cine es pues el mensaje que subyace de sus largos planos, de sus silencios y de los inquietantes offs: la violencia, el conflicto generacional, los medios de comunicación y el vacío emocional que comporta la estabilidad económica son algunos de los temas que trata a lo largo de su filmografía.
Director de preocupaciones temáticas y vicios formales, no se esconde cuando lanza la piedra. Empieza su carrera con la trilogía glaciar (El séptimo continente, El vídeo de Benny y 71 fragmentos de una cronología del azar con Funny games como epílogo final) que toma su nombre en referencia a la frialdad de la sociedad austríaca. El siguiente paso a seguir será en escalada dejando de lado los iconos austríacos para abrazar un grado más de internacionalidad en pro de su cometido. Rueda la que en un principio se llamó la trilogía (sic) de la guerra mundial, en la que Haneke trata los mismos temas del resto de su filmografía pero esta vez a escala europea (trabajando con dinero francés y actores conocidos del país galo en Código desconocido, La pianista, El tiempo del loboy acabando con Caché). Esta huida del cine austríaco se vio en algunos círculos como una traición a su cometido moral pero Haneke se mostraba pragmático al respecto: “No es que no vuelva a trabajar en Austria pero dada la poco favorable financiación que tiene mi trabajo en mi país es normal que considere recaer en las opciones que me ofrece el extranjero”, algo que con el estreno de su remake de Funny games US nos empieza a crear una sensación de reminiscencia.
Entonces, ¿por qué Michael Haneke decide volver a filmar su película más inquietante en un país al que tanto ha vapuleado durante su carrera?
En su crítica en El cultural sobre Funny games US Alejandro G. Calvo intenta no mirar más allá de la evidencia y aleja de su interpretación el interés económico del director austríaco: “No existen muchas razones para esta nueva Funny Games, únicamente las más obvias: una película rodada en Estados Unidos llega a más público que una independiente hablada en alemán. El mensaje pretende ser el mismo, es el receptor el que cambia en su dimensión” pero leemos en otros medios y por parte de otros ¿críticos? sugerencias poco o nada tratadas como que el remake “obedece exclusivamente a golosas e inapelables razones crematísticas, a no permitir que los extraños deformen o manipulen su prestigioso material original, a su certidumbre de que los clásicos deben ser intocables, a que a su creatividad no se le ocurría nada insólito que añadir o retocar en la antigua historia, o a algo tan simple como que le ha dado la gana de hacerlo.” De todo se ha dicho sobre esta nueva versión de Funny games, pero lo cierto es que a cada paso que Haneke da en su carrera se abren los asaltos en forma de tinta.
Lo que resulta incómodo para algunos no es ya que su nueva película sea en el continente americano sino que se trate de una reescritura. Leemos en varias críticas (1 y 2) que la finalidad de un remake reside en aportar algo nuevo a su original pero si nos acogemos a la etimología de la palabra (re-hacer en su versión española) queda en duda si la aportación de nuevos rasgos es una característica intrínseca al hecho de rehacer o si, por lo contrario, viene dada tras la repetición de un proceso que, bajo ninguna circunstancia, puede ser idéntico al original. En el ejercicio de estilo de Gus Van Sant con Psicosis no se dudó de que se tratara de un remake pese a que pretendiera ser fiel a la primera versión. El simple hecho de que esta nueva visión no estuviera filmada por el propio Hitchcock aportaba el grado de diferencia necesario para no rasgarse las vestiduras al tildarlo de remake, pero cuando un mismo director retoma una obra de su filmografía para rodarla plano a plano el concepto de reescritura se diluye en un supuesto ejercicio de fetichismo o de interés comercial.
En el número 13 (junio 2008) de Cahiers du cinema España, Gonzalo de Pedro defendía que el caso de Haneke “No es Gus Van Sant releyendo Psicosis. Es un paso más, una voltereta mortal que podría contener un punto de arrogancia (…) y que sin embargo es, o termina siendo, un acto puramente político. Una crítica doblemente armada a la industria que fomenta el consumo de violencia, y que simultáneamente, le encarga ese remake sin caer en la cuenta del verdadero contenido-bomba de la película. Sólo así se entiende la propuesta radical de Haneke: cualquier variación respecto a la original significaría la renuncia al contenido ideológico de las películas.”
Esta visión política de la intención del remake nos lleva a plantearnos, junto a las palabras del amigo y compañero Carles Matamoros en su artículo sobre Haneke, que el director austríaco tiene tras sus extrañas decisiones de reescritura el objetivo humanista del espíritu ilustrado: “Oliveira se enmarca en una larga tradición de poso humanista e ilustrado. Y sus reflexiones nos permiten vislumbrar una línea de trabajo seguida por varios de los cineastas más relevantes de la historia. Una dinastía de creadores a la que ideológicamente se puede adherir Haneke, un autor brillante que en plena era posmoderna sigue creyendo que sin ética no hay arte.”
Sin duda alguna, en este análisis filosófico de la figura del director austríaco nos casa la idea del remake más allá de fetichismos o pedanterías varias. Si atendemos a la carrera de Haneke y a las decisiones que en los años ha tomado (siempre) en pro del mensaje de su cine, no debería costar tanto asumir que llegar a un público más amplio requiere de aliarse“al enemigo”.
La idea del Haneke-minoritario-alejado-de-la-comercialidad debe ser sacrificada para que su mensaje tenga más cabida en esa sociedad que quiere cambiar. Por demasiado tiempo el ideal ilustrado pasaba por aleccionar a un pueblo del que se sentía alejado y con el que marcaba las distancias, pero Haneke está dispuesto a tratar de tú a ese público al que cree subyugado y le brinda la oportunidad de despertar. Pese a ser una decisión que se puede tachar de paternalista, Haneke es un solitario que lucha a contracorriente (sea ésta provocada por el público en masa o por los puristas de lo independiente) y que no duda en agacharse para mirar cara a cara a todo ese público que no va a festivales, que no saben quién es Michael Haneke y que nunca pasaría por el aro de ver una película con subtítulos. En vez de esperar a que un milagro suceda, Haneke acecha su objetivo: si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma.
Mónica Jordan

Escribe un comentario
* = campos obligatorios