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"Alexander Nevski" por José Ramón García Chillerón

26/01/2008 - 18:32

"Alexander Nevski", como las películas revolucionarias de S. M Eisenstein, fue un encargo del Estado soviético. En este caso, se trataba de realizar una película histórica en la que se narrase la victoria épica del príncipe Alexander sobre los teutones invasores que tuvo lugar en el siglo XIII. Además, el filme debía representar una parábola de la situación de inquietud que se vivía en Europa tras la ascensión de los nazis al poder en Alemania. A esto hemos de añadirle la importancia que se le debía atribuir a la figura del líder unificador del pueblo representado por el príncipe Alexander, que había de ser un remedo idealizado de la figura de Stalin, y la exaltación nacionalista llevada al extremo.

El film fue realizado en circunstancias aviesas ya que, como hemos visto, Eisenstein estuvo muy presionado por el Gobierno comunista. El director soviético estaba ciertamente desencantado tras ver cómo sus dos proyectos anteriores, "¡Que viva México!" (1931) y "El prado de Bezhin" ("Betzin lug", 1935-37), se habían visto truncados por razones ajenas a su, ya por entonces, incuestionable pericia como cineasta. De manera que Eisenstein decidió someterse de nuevo a los dictados del Estado. Sin embargo, la mirada del cineasta ya no era la misma porque el Gobierno también había cambiado. Si en "La huelga" (1924), "El acorazado Potemkin" (1925) y "Octubre" (1927) asistimos a un cine propagandístico que se basa en la lucha de clases, aquí se ha sustituido por la lucha nacional. El determinismo social que caracteriza al realismo marxista, según el cual son las masas las que causan la acción, sufre una mutación impuesta por el autoritarismo de la reciente doctrina stalinista que se observa en la glorificación de la figura de Alexander, aunque en última instancia el príncipe no es más que el elemento necesario para unir al pueblo, es decir, a la nación que es la verdadera protagonista y la que resulta vencedora finalmente.

La célebre secuencia de la batalla se inicia con una planificación muy abierta, destinada a magnificar la amplitud de la estepa rusa. En estos planos iniciales se impone la línea del horizonte, dejando gran parte del encuadre a la inmensidad del cielo en el que vemos cómo se recortan las lanzas trémulas de los guerreros impacientes por entrar en combate. A medida que se acerca el momento de la batalla, Eisenstein, mediante su característica y magistral utilización del montaje, realiza una gradación paulatina que va desde los amplios planos que prologan la lucha y muestran además la gran extensión de la patria Rusia, que como hemos visto anteriormente es la nueva causa por la que se lucha, hasta los encuadres cerrados en los que se impone un horror vacui que representa el fulgor de la guerra. La utilización del montaje en esta secuencia sirvió como modelo a Orson Welles para elaborar la secuencia bélica de "Campanadas a medianoche" ("Chimes at midnight", 1966), que gracias a la moviola obtuvo un espectacular resultado aún contando con escasos medios. La profundidad de campo obtenida por Eisenstein en este film también repercutirá mucho en el autor de "Ciudadano Kane" ("Citizen Kane", 1941).

Visualmente la utilización del color en "Alexander Nevski", aunque el film sea en blanco y negro, es fundamental. Por ejemplo, en la secuencia de la batalla la oposición cromática entre el blanco que lucen los alemanes y el negro de los rusos, amén de facilitar al espectador la identificación de los distintos ejércitos, tiene una función estética evidente. El hecho de que los alemanes vistan de blanco es necesario también a un nivel metafórico, así, cuando el hielo cede ante su peso, sus figuras inmaculadas sucumbirán bajo las gélidas y oscuras aguas de la estepa. El símbolo es evidente, Rusia es quién ha vencido a los invasores. El orgullo nacional se ha impuesto y el enemigo ha sido devorado por la patria. La música de Sergei Prokofiev es otro de los elementos fundamentales para la narratividad de la película puesto que está plenamente integrada en el discurso y no sólo remarca la épica de los acontecimientos, que lo hace, sino que interviene por sí misma en el devenir del texto. Eisenstein llegó a filmar algunas secuencias supeditándose a la música de Prokofiev, algo que años después haría Sergio Leone con las partituras preexistentes de Ennio Morricone en filmes como "Hasta que llegó su hora" ("C´era una volta il West", 1968) y "Erase un vez en América" ("C´era una volta in America", 1984).

José Ramón García Chillerón
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