"Cuando la pornografía y el arte chocan" por David López
28/09/2006 - 11:40
Una película. Siete cortometrajes. Siete artistas. Una idea.
Ésta podría ser simplemente la secuencia que explicaría el germen de la gestación de "Destricted", proyecto coral (iniciado en 2004) aspirante a provocador cuyo eje vertebral gira en torno a una pregunta sobre la que indagar: ¿cuál es la línea que separa la pornografía de lo artístico?
La cuestión parece residir en discernir si lo explícitamente pornográfico puede adquirir la denominación de artístico.

La pornografía, hoy producto casi necesario del consumo indiscriminado de la sociedad y los mass media, es una realidad más dentro del amplio espectro de opciones que ofrece nuestro mundo aparentemente civilizado, el cual en muchas ocasiones no parece canalizar las instintivas energías sexuales. Auqneu tal vez la profecía marcusiana se haya cumplido en sus parámetros negativos y nos hallamos inmersos en la época de la sexualidad tecnificada, una situación no tan utópica que retrataba magistralmente Tasi Ling-miang en "El Sabor de la Sandía", colección de estampas fijas y estáticas sobre un mundo donde las relaciones interpersonales se convierten en meros flujos eróticos expuestos sobre capas de aislamiento personal, incomunicación y madurez perdida.
Lejos de la demanda de realismo extremo tipo Dogma de los consumidores actuales de porno gonzo, el cine clasificado X de los años setenta y ochente era rabiosamente alegre, divertido e ingenuo cuando no eran ya dramáticas tragedias de seres insatisfechos y reprimidos. Desde luego, una época gloriosa aunque no exenta de dificultades y obstáculos, como bien documenta "Dentro de Garganta Profund", film imprescindible sobre la ambivalencia del éxito y del pensamiento social. A pesar de lo alto de la caída de gran parte de su equipo técnico/artístico, la "Garganta Profunda" de Damiano marcó generacionalmente y dejó una profunda impronta cultural en realizadores posteriores dedicados o no al entretenimiento para adultos. Esa misma industria que encumbró a John Holmes sirve de pretexto a RIchard Prince, celebrado fotógrafo de una preadolescente Brooke Shields y autoproclamado precursor de la arqueología de la iconografía americana, para descubrir la violencia y la sexualidad latente en el ya tan defenestado American Way of Life. "House Call", su aportación personal a "Destricted", recurre a los estereotipos que conforman la fantasía de la tríada erótica "doctor/enfermera/paciente" para homenajear esa "era dorada del porno". Prince se apropia de un corte de doce minutos para deconstruirlo y recrearlo una vez más con su propio estilo de edición, reclamando el status de obra propia que narra, según su autor, un episodio de la obsesión humana por los encuentros ilícitos entre profesionales. Lo cierto es que el cortometraje de Prince posee la facutra de un trabajo de sensualidad más evocadora del universo de los sueños libidinosos que de la presencia de lo real, y puede que ese sea su principal logro.

Esta etapa que casi se cerraba con las obras maestras del género firmadas por Gregory Dark, auténtico artesano con un prodigioso sentido de la estética y del humor satíricamente gamberro (sin por ello olvidar la predilección por el sexo duro), dio paso a la pornografía mainstream. Los noventa aún son campo de batalla del porno-chic de Andrew Blake, las epopeyas fantásticas y referenciales de Michael Ninn o la experimentación incómoda y desesperada de John Leslie. El título de auteur podía seguir todavía vigente en manos de clásicos instantáneos como "Látex" o la saga "Fresh Meat". Todo ello muta en el catálogo de lo banal y lo superfluo que Marco Brambilla resume en tan solo dos minutos. El que fuera director de "Demolition Man" (ahora hijo de las instalaciones de vídeo y fotografía) busca despertar "una fuerte impresión que gradualmente construye un estado sensorial" en el espectador/voyeur de "Sync", montaje non-stop de flashes pornográficos que duran menos de medio segundo pero que simulan un movimiento fluido, generando de este modo una nueva pieza erótica.

La generación que ha consumido precisamente ese fast-porno es el objeto de estudio y discusión de Larry Clark, fotógrafo reciclado como cineasta interesante (no en vano es autor de títulos sugerentes de la genealogía adolescente como "Kids"), que con "Impaled" presenta el cortometraje más significativo y extenso del paquete. La inquietud de Clark es descubrir como la pornografía ha influido y modificado la manera de hablar y pensar el sexo en los adolescentes post-1980. Valiéndose de una fantasía común (tener relaciones sexuales con una auténtica actric porno), el director norteamericano entrevista a un grupo de jóvenes entre los 19 y los 23 años como modus operandi de su particular disección de la sociedad. Su personal casting desemboca en un explícito encuentro entre uno de estos jóvenes y una pequeña representación de actrices, una de las cuales acabará teniendo sexo con el chico. Clark así lo relata: "Me dejó conmocionado descubrir como el porno afecta a estos jóvenes. Daniel -el chico elegido- seleccionó a la más vieja de las actrices. Era increíble. No era la que yo habría elegido...la chica mexicana tenía los mejores pechos. Esto es realmente un documental, una película educativa. El porno sólo nos jode. Los chicos se hacen insensibles y fríos."

Acompañando a Clark, la legendaria artista del perfomance Maria Abramovic (galordonada con el León de Oro a la mejor artista en la Bienal de Venecia de 1997), emociona con la otra pieza estimable del irregular conjunto. Impactantes dentro de nuestro presente contexto, Abramovic relata dentro de un esquema argumental traidicional (en comparación con las estructuras narrativas más rompedoras del resto de cortometrajes) los ritos del folclore balcánico relacionados con la fertilidad y la virilidad. Recurriendo a diferentes formas expresivas y al humor pintoresco, "Balkan Erotic Epic" es un cuento sobre lo erótico de nuestras costumbres, un paseo inequívocamente mágico por lo ancestral, mucho más corporal, físico y natural que el anquilosado pensamiento de evolución desigual que hoy nos domina. Aquí incluso se nos permite valorar la belleza del paisaje balcánico capturado por la cámara de Aleksandar Illic.

En ese sentido, aún me lamento por el visionado de "Hoist", nuevo experimento conceptual de Matthew Barney. Con su equipo habitual (lo cual incluye al en ocasiones muy inspirado compositor Jonathan Bepler), el artista más consagrado del grupo mantiene la línea estilística forma y temática de sus anteriores trabajos. Desde el tour de force "Cremaster" (ciclo de cinco episodios iniciado en 1994 y erigido como elegía de la sexualidad masculina, que si bien contenía imágenes poderosas y hermosas pecaba de pasajes triviales y dejaba una terrible sensación general de frialdad y vacío) hasta "Drawing Restraint 9" (su última aventura junto a la no menos convencional Björk, esposa del artista de San Francisco), Barney ha visto como se multipremiaba una obra cuyas directrices y caracteres configuran este nuevo discurso visual rodada en El Salvador. Barney captura la interacción secual frustrada entre un "hombre verde" (otra de las frecuentes "criaturas fantásticas" de su imaginario) y una extraña maquinaria orgánico-industrial. La tensa sensación de hastío sexual es en palabras de su realizador clara metáfora de "la imperfecta consumación de lo humano y lo mecánico", es decir, de la difícil interacción entre la líbido y la fuerza tecnológica. El problema es que Barney cae con excesiva frecuencia en una abstracción forzada que resulta carente de interés. Al menos no alcanza el peligroso tedio de "Death Valley", bochornosa oda a la masturbación y su valor erótico dentro de los cánones de su vejación social, protagonizada por un actor porno que se autoestimula entre el aburrimiento y la agonía en pleno parque nacional californiano. Uno no sabe si tomárselo como una invitación o afrontar la película con el paciente deseo de la rápida eyaculación del actor y continuar sin más dilaciones con la sigueinte pieza. Sólo destacaría la curiosa participación de Matmos en la banda sonora de esta exasperante interpelación al espectador, tan desértica como el escenario que la acompaña.

En esa línea poco reconfortante, pero ya próxima a la brutalidad moral, se encuentra Gaspar Noé (el cacareado director de "Irreversible", otro ejercicio sórdido hasta la náusea famoso por su escena de violación salvaje). "We fuck alone" cierra el film con otra exhibición intratable en un set que incluye la violación a punta de pistola de una muñeca, una niña-adolescente que se masturba con su oso de peluche y una incesante descarga de clips pertenecientes a una película pornográfica protagonizados por la porn-star Katsumi. Y todo ello filmado con un irritante parpadeo de luz que contribuye al desasosiego oscuro y violento de la cinta.

Con este panorama, la valoración objetiva y global del film no es difícil: hay momentos sobresalientes pero en general queda la corazonada del engaño con pretensiones más elevadas de las que merece, convirtiéndose en una broma del más gélido arte contemporáneo, bastante risible y deplorable en su búsqueda de las expresiones artísitcas del sexo, resultando ridícula cualquier comparación con experiencias reveladoramente provocadoras como el antiarte vanguardista, con la conocida fuente duchampiana como muestra precisa.
Lo que le sucede a "Destricted" (ya paseado por Sundance o el dichoso Tate Modern londinense) es que ni se hace la pregunta esencial ni mucho menos la responde, quedándose en lo anecdótico. No hay pregunta porque no hay cuestionamiento sobre las formas constructivas de las obras de arte y su dialéctica entre contraste y cohesión de las partes. Tampoco puede existir una respuesta porque el film muy pocas veces se alza como expresión ejemplar, figurada y metafórica de la realidad pornográfica y su erótica cultural. Todo queda en un repaso a las visiones furiosamente subjetivas que sobre el papel del sexo en nuestros microcosmos pintan estos siete ciudadanos del mundo, sin por ello recurrir de forma pura a la pregunta por lo artístico. Visto así, ya sólo queda valorar la desnudez formal de cada visión, a su vez, desde nuestras prejuiciosas categorías subjetivas, pues en muy pocas ocasiones caminamos por el sendero de lo objetivo.
DAVID LÓPEZ GONZÁLEZ

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