
La memoria puede adherirse a una superficie, esconderse entre capas de pintura o regresar con un olor. Manuel Mathieu reúne esas posibilidades en torno a ‘Ayizan’, su primera exposición individual en Francia, que puede verse en la Galerie Poggi de París hasta el 23 de diciembre, según el reportaje publicado por Elephant.
Ayizan en la Galerie Poggi
El artista haitiano-canadiense coloca su herencia espiritual e histórica en diálogo con el país que colonizó Haití. La muestra toma su nombre de Ayizan, figura del vudú haitiano y también nombre del propio Mathieu. Pinturas, fotografías, dibujos, mosaicos y una instalación de alambre articulan ese encuentro entre memoria personal e historia colectiva.
Elephant describe cuerpos que aparecen y se deshacen entre capas de color. Esa inestabilidad permite leer la identidad como una construcción atravesada por pérdidas, desplazamientos y persistencias. La presencia de su trabajo en París añade otra pregunta: quién establece los términos con los que se cuenta la historia del arte.
Mathieu extiende esa investigación a tres fragancias que tienen el vetiver haitiano como núcleo. El olor introduce una forma de recuerdo que no necesita fijarse en una imagen. Para nuestra revista, el interés está precisamente en ese paso entre disciplinas: pintura, materia y perfume como maneras de disputar la representación de un territorio.
Una exposición entre materia, memoria y poder
Situar esta muestra en París modifica la forma de leerla. El lugar de exhibición participa en el significado de las obras: establece una relación entre el artista, las instituciones culturales y el público que las recibe. Cuando una creación vinculada a Haití se presenta en Francia, la historia compartida entre ambos territorios no puede reducirse a un fondo decorativo. Introduce una pregunta sobre quién ha tenido la capacidad de representar al otro y de convertir esa representación en conocimiento autorizado.
La variedad de materiales descrita por Elephant permite evitar una lectura de la identidad como repertorio fijo de símbolos. Una fotografía, una superficie pintada y una pieza de cerámica conservan huellas distintas. La imagen puede reconocer un rostro; la materia puede mostrar una rotura, una unión o una resistencia. Al circular entre esos soportes, el recuerdo deja de parecer un documento intacto y aparece como algo que se reconstruye cada vez que cambia de forma.
El olor como forma de representación
La incursión en la perfumería amplía esa cuestión hacia un sentido que ocupa un lugar menos visible en la conversación sobre arte. El olor tiene una relación particular con la memoria: no necesita ofrecer una escena completa para activar una asociación. Su presencia tampoco puede fijarse del mismo modo que una fotografía. Se dispersa, se mezcla con el entorno y depende de la experiencia corporal de quien lo percibe.
Esta diferencia permite pensar la representación de un territorio más allá de la postal. Una fragancia vinculada a un lugar no equivale a una descripción objetiva de ese lugar; es una selección de materiales y recuerdos. Reconocer esa selección resulta importante para no convertir Haití en una esencia única ni exigir al artista que actúe como portavoz de todas sus experiencias. Su trabajo puede ser situado y personal al mismo tiempo.
El encuentro entre arte y perfume introduce además una tensión productiva: la memoria circula también a través de objetos que pueden comprarse. La pregunta por su valor cultural convive con la de su valor comercial. La exposición ofrece un punto de entrada a ese debate, mientras las imágenes acreditadas que acompañan la noticia permiten observar las diferencias entre el retrato del artista y la construcción material de una obra. El reportaje de origen aporta la conversación; esta lectura sitúa sus temas dentro de un marco más amplio de representación.

Fuente: Elephant.
Imagen de portada: Manuel Mathieu, 2025. Fotografía: Jeanne Tétreault, vía Elephant.
