John Phillip Law se convierte, de este modo, en cronista de su propia historia partiendo de la base de que quizá su propia historia (per se) no tenga tanto interés como sí lo tiene, indiscutiblemente, el contexto que lo vio crecer; ahí es nada, la cosmogonía de una sociedad en perpetuo estado de cambio (la última exhalación del American Way Life; el movimiento hippy, o el comienzo de la era de los productos mainstream), es decir, la génesis del tiempo que hoy estamos viviendo, puesto en boca de uno de los que no solo fueron testigo de todos estos acontecimientos sino que participaron (de una u otra manera) de dicha (r)evolución.
Un rostro, más o menos agraciado, el de John Phillip Law, que todavía muchos hoy siguen asociando a personajes (de culto e inmortales) como el ángel ciego de «Barbarella», o el mismísimo Diabolik, el ladrón de bancos que traía de cabeza al Inspector Ginko, sus dos creaciones/interpretaciones más icónicas, junto a la de Simbad, la preferida de quien esto escribe; víctimas, todas ellas, del paso del tiempo pero no del olvido, cualidad de la que se desmarca el periplo vital de un autor que, sin embargo, pocos habrían reconocido aunque lo hubieran tenido en frente, mucho menos enunciar algunas de las películas en las que participara o recordar su nombre. Es elogiable, pues, el punto de partida con el que Carlos Aguilar y Anita Haas componen su retrato de Law, ahí es nada, tratando de saciar la curiosidad del cinéfilo, un tipo subconscientemente adicto al vouyerismo, centrando sus enunciados no tanto en las opiniones que el actor tiene sobre su trabajo, casi siempre alimentadas por el recuerdo idealizado de lo que pudo ser y, a veces, no fue, sino en el propio contexto en que dicho trabajo se produce, así como su relación con las personas (más o menos próximas al mundillo cinéfilo) que en dicho intervalo van a formar parte de la vida del actor, en la cama y fuera de ella, dejando en el gaznate la sensación de que, efectivamente, incluso la vida de un actor menor en el plano universal (no vamos a cuestionar su estatus de intérprete de cult) como John Phillip Law puede llegar a ser ciertamente estimulante, casi novelesca, vista desde la perspectiva de un explorador que se adentra en la selva para desvelarnos sus secretos más recónditos.
Lógicamente, el interés del lector se incrementa cuanto mayores y más conocidas son las alusiones hacia aquéllos que hicieron grande el Séptimo Arte (especialmente referidas a amigos: Jane Fonda, Hugh Hefner, Robert Ryan, David Hemmings…, o a otros que no lo fueron tanto: Rod Steiger, Burt Lancaster, Charlton Heston…), pero no deja de ser interesante la trayectoria profesional (y vital) de un actor cuyo trabajo le sitúa como testigo y parte no ya de la época que le ha tocado vivir (insistimos, capaz de repletar un anecdotario desopilante) sino como víctima de un sistema de producción en plena crisis al que aún le quedaban unos años para encontrarse de bruces con las servidumbres homogeneizadoras de los blockbusters.
Así las cosas, vamos a descubrir a un actor de método (y del Método) perdido en una vorágine de rodajes sin fin… en un sinfín de localizaciones entre Estados Unidos (trabajando a las órdenes de Norman Jewison, Otto Preminger o Bob Rafelson) e Italia, (que ya en la década de los sesenta había encontrado un filón inextinguible explotando las constantes de los géneros), pasando por España, (más allá de la decepción que supuso el desmembramiento del Imperio Bronston y con ello su principal proyecto en nuestro país -Isabel de Castilla-, al mismo tiempo que comenzaba a formar parte de una leyenda madrileña cuyos personajes más conocidos seguían siendo Ava Gardner y cualesquiera de sus numerosos amantes); la Bulgaria comunista de finales de los sesenta; Hawai, ahí es nada, al lado del mismísimo Charlton Heston; Gran Bretaña, contando con la connivencia de su amigo, el siempre minusvalorado Peter Collison, Alemania, Sri Lanka o Filipinas, en productos cada vez más alejados de la atención crítica.
Un libro bilingüe
«Diabolik Angel» es, en fin, un libro bilingüe excelentemente editado, incluyendo una selección de jugosas fotografías (más de 600), algunas de ellas legendarias (Catherine Deneuve interpretando el rol que finalmente realizaría María Schell en «Diabolik»), otras inéditas o poco conocidas (como la que muestra al actor víctima de un proceso de curación de la hepatitis), un complemento ideal de un trabajo cuyo contenido es mejor de lo que pudiera parecer ab initio, no ya por alejarse de la fórmula hagiográfica propia de cualquier biografía consentida, sino por dar la palabra a un actor únicamente reconocido en circuitos cinéfilos de indudable calado pasional, demostrando en términos prácticos que la grandeza del Cine, su esencia mítica y mística, comienza y acaba donde uno quiere.
En mi caso, recomendando con fervor este estupendo libro de Carlos Aguilar y Anita Haas.
J.P. Bango




Ya he leído varias reseñas del libro, pero aún no lo tengo. Por lo que decís, parece magnífico. Y Carlos Aguilar es una garantía, «La espada mágica» además es mi libro preferido.
Yo lo he conseguido a través de la web de Scifiworld, que son los coeditores junto con Quatermass. Cuesta encontrarlo en las tiendas (lo busqué y no hubo forma), pero el libro es una auténtica sorpresa, una gozada de principio a fin. Yo creo que de los mejores que se han editado en los últimos años en España, y no exagero, que soy lector/comprador habitual y a veces me da verdadero repelús pagar por cada cosa… La vida de JPL es increíble, en sí misma de película, y la selección de fotos es simplemente impresionante. Este sí que es un actor de culto con cosas que contar, que se ha codeado con gente como Bob Dylan, Joan Baez, Andy Warhol, Lou Reed… Que ha trabajado con Sophia Loren, con Charlton Heston (hacía de su hijo en «Los indomables»), con Anthony Quinn, Rod Steiger, Burt Lancaster, Richard Harris, Michael Caine, Jane Fonda… Con directores de culto como Roger Corman o Mario Bava… En el comentario de J.P.Bango he pillado un par de deslices: Maria Schell no fue su compañera en «Diabolik», sino Marisa Mell, con la que tuvo un sonado romance; y, que yo sepa, Law nunca trabajó a las órdenes de Bob Rafelson.
El libro me parece buenísimo. Enhorabuena a sus artífices y mi pésame por la muerte de Law, que por lo que deduzco del libro debía ser muy amigo de los autores Aguilar y Haas.