
Una joven solitaria, que se ve incordiada por un trío de motoristas nazis adictos a la cerveza y a la provocación, recoge a un autoestopista (un misterioso personaje, de pocas palabras y actitud curiosa, interpretado por el cantante Benjamin Biolay) y se dirige con él hacia un bar perdido en una zona rural (sí, es una nueva referencia al film de Du Welz), regentado por una camarera oronda, de tez mustia y mirada sospechosa. Mientras busca al autostopista, de repente desaparecido tras la pared de un baño, la joven resulta atacada por la espalda, despertándose tiempo después en el suelo de una jaula preñada de paja, rabia y sangre ajena. Su particular calvario (que incluye servir de carnaza a una camada de gusanos antropomorfos) no ha hecho nada más que empezar.
Extraña pero, finalmente, satisfactoria historia de mutantes caníbales, madres castradoras, jóvenes extraviadas (también existencialmente) y viejos aficionados a la literatura de Chester Himes, La Meute guarda la mejor de su bazas en la recreación (formal y emocional) que, entre líneas, ofrece del cine norteamericano de serie B (un cine sin pretensiones pero altamente estimulante); desde este punto de vista, la cinta de Franck Richard parece querer formar parte, con indisimulado orgullo, de las estanterías de un videoclub de los ochenta (y no parece que su intención sea otra: no hay más que oír su música), gracias, sobre todo, a una singularmente lúcida mixtura de géneros (la road movie, el western, el cine fantástico, el policíaco, el suspense hitchcockniano, el gore, la monster movie y el drama generacional tienen cabida en su argumento) y a una decidida voluntad por redefinirse, continuamente, mientras su director va revelando todas y cada una de las cartas que precisan su entramado.
Es, en fin, un ejercicio de cinefagia repleto de personalidad, humor negro (en pocas dosis, todas gratificantes) y múltiples hallazgos visuales que sabe mejor cuánto más se aleja de todos sus referentes (especialmente los contemporáneos a excepción The Descent de Neil Marshall); una pieza única, en alguno de sus segmentos (como lo es el da la primera aparición de los comedores de carne) ejemplar, que no solo se autoexige ocultar las debilidades de su guión con una inteligente planificación escénica sino que termina por constituirse en una nueva vía creativa per se, lejos de los excesos hemoglobínicos, paroxísticos, climáticos que proponen alguno de los compañeros de generación (ocasionalmente compatriotas) de su director. No nos parece poco en estos tiempos (clónicos) que corren.
J.P. Bango







el libro es una mugre no tiene gracia es re anburrido agan uno mejor putios trolos feos