
Justo lo que no necesita –aunque a veces al propio director japonés le cuesta comprenderlo- un argumento teatral (obra de Enda Walsh) cuya (poco original) premisa inicial pretende dar forma, mediante diseños tangibles y habitaciones pintadas de verde, a las relaciones internáuticas de corte disfuncional. A medida que va desarrollando este argumento más se aleja Chatroom de su condición de thriller adolescente (y para adolescentes) para convertirse en un drama intimista de implicaciones filo-trágicas con la soledad, la manipulación psicológica y el suicidio infantil como principales epítomes. Y es ahí, cuando lo virtual y lo real comparten el mismo plano, donde la dirección de Nakata brilla con todo su fulgor, convirtiendo una historia social-teen de corte previsible (digna de la sobremesa catódica de cierta cadena nacional; lo que nos sugiere, además, estar en presencia de un producto de encargo), arquetípica en sus divagaciones teóricas, convencional en sus formulaciones dramáticas, en un tour de force rutilante aunque no del todo preciso, que muestra lo mejor de si mismo cuando más se aleja de los anclajes formales-narrativos de su punto de partida, no pretendiendo tanto describir el papel de la red en las relaciones sociales sino mostrarla como una abominable extensión virtual (radicalmente subyugadora, potencialmente peligrosa) consentida por la propia sociedad; lo que también nos da una somera pista del tufillo dogmático-ortodoxo que persigue Chatroom en todo momento.
J.P. Bango






