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Revolutionary Road

Esto no va sobre el sueño americano ni sobre su reverso tenebroso. Nada más lejos de la realidad. Esto va sobre sueños aplastados por convencionalismos, sobre fantasías etéreas de una vida nueva que terminan de mala manera en el asiento de un coche, sobre ocasiones perdidas, sobre correr tarde y mal detrás de una vida que ya no se puede volver a alcanzar nunca jamás por errores propios y ajenos, en definitiva, sobre la vida la misma.

Publicado: 04/02/2009

Esa vida que nos atropella a todos en algún momento del camino, que nos agota, nos hunde o levanta sin piedad en función de las facilidades que le demos. El contexto es puramente circunstancial. En este caso una barriada de lo más chic y azucarada de clase media-alta norteamericana de los años 50, con sus casitas perfectas, sus modales exquisitos y sus falsas apariencias. ¿Acaso eso tiene que ver con el sueño americano?, para nada, tiene que ver, como bien dice el personaje más cuerdo de la cinta, con jugar a las casitas y dejarse llevar. El problema es que demasiada gente se sienta molestamente identificada con los personajes y situaciones que pueblan esta magnífica nueva película del gran Sam Mendes, ya que las mismas, no por convencionales, dejan de ser en algunos momentos de una realidad absoluta y eso hace que resulte complicado sentir simpatía por ninguno de los personajes, por puro reflejo. En este caso el contexto sirve para remarcar, si cabe un poco más, esa sensación de constante fingimiento hacia el exterior e interior en la que viven sumidos sus protagonistas.

Revolutyonary Road

La verdad es que esta nueva película no deja de ser un paso lógico en la carrera de un director que, paréntesis bélico a parte con la muy interesante «Jarhead», se ha especializado en familias disfuncionales como las de «American Beauty» o «Camino a la Perdición», por lo tanto tiene pleno sentido que lo siguiente sea la crónica sobre la descomposición de una pareja aparentemente perfecta pero igualmente disfuncional. Mendes como siempre se aplica en una dirección modélica y precisa con una obsesión absoluta en la perfección de cada secuencia y la composición de cada plano, dotando a su nueva propuesta de un falso clasicismo acentuado por una extraordinaria dirección artística. Como el resto de sus películas resulta formalmente intachable, brillante y perfectamente musicalizada por el cada vez más minimalista Thomas Newman, autor a su vez de la obra magna del año, su composición para Wall-e, que por si a alguien le interesa resulta de largo la mejor película del pasado año.

Pero poco sería de esta película sin sus actores. Es evidente que la cosa da para el lucimiento de cada uno de ellos y desde luego ellos, como bien agradecidos, acarician el bombón y de paso regalan al respetable un tour de force que en el ruedo implicaría dos orejas, rabo y la cabeza de la presidencia. El dúo protagonista raya a una altura absolutamente excepcional, en cada gesto, en cada palabra y en cada discusión. Di Caprio nos ofrece una de sus mejores interpretaciones, lo cual es mucho decir a tenor de lo mucho y rápido que ha crecido este actorazo que acaricia la leyenda y Kate Winslet, como es habitual, da una lección de interpretación en su efusividad pero sobretodo en su contención. Cada uno de sus gestos y miradas deberían ser dignas de estudio en cualquier academia de interpretación, ya que semejante actuación sólo cabe catalogarla de sobrenatural. En conjunto conforman un deprimente panorama matrimonial marcado por las mentiras, infidelidades y los sueños rotos en los que los niños no dejan de ser el recordatorio de lo que dejamos atrás, de ahí sus muy breves apariciones. Aunque lo verdaderamente curioso es el poderío y fondo de sus secundarios, llenos de pequeños detalles que engrandecen aún más la propuesta. Modélicos resultan los vecinos, versión menos glamourosa de los dos protagonistas pero a la postre conscientes de la vida que han elegido vivir y consecuentes con ello a pesar de sus contradicciones (para muestra dos brillantes secuencias, una la del vestido, otra la de la reacción hacia la noticia de la inminente mudanza a París de los protagonistas, asumiendo la postura contraria de su marido mientras llora de pura envidia por esa vida también soñada por ella). Asimismo, la insoportable Kathy Bates resulta de lo más ajustada a su papel de alcahueta responsable de introducir en la vida de la pareja uno de los elementos detonantes de su destino final, su hijo, un tipo desequilibrado que hace bueno el dicho de que sólo los locos y los niños dicen la verdad.

Un film difícil de ver, incomodo en muchas ocasiones, pero que merece un visionado reposado y un posterior análisis detallado. Resulta evidente que si esta película la hubiera filmado Douglas Sirk en los años 50 hoy en día sería recordada como la gran película que verdaderamente es, en lugar de ser recibida por un gran sector de la crítica de forma fría y distante. Se ve que no hay demasiada suciedad urbana, primeros planos de actores desconocidos de Uzbekistán poniendo cara de sufrimiento o planos alargados hasta la extenuación sin sentido alguno, ya saben, esas productos que reciben las cinco estrellas de rigor debido a su condición de propuestas arriesgadas. Por mi parte me quedo con esta y le sacudo, sino cinco estrellas, si sus cuatro y medio o tres cuartos, para que luego no se quejen y digan que no me mojo.

Carlos Polite

César en 18/02/2009

Es una muy buena película. Ni siquiera es una película sobre la difícil situación de establecerse en pareja, sino también, de establecerse con los propios deseos y deberes.

Ani en 07/02/2009

La mejor peli que he visto en mucho tiempo. Le da mil vueltas a American Beauty

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