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Alemania Cinema: "Import/Export"

Estamos perdiendo nuestra humanidad. Lentamente olvidamos nuestro compromiso con la alteridad y convertimos al Otro en puro objeto que prácticamente podemos traducir en términos de economía de mercado. Ese panorama de insolidaridad e intolerancia subyace en el retrato certero y contundente que filma Ulrich Seidl en “Import / Export”, oportuno título que pone de manifiesto la realidad bidireccional de los flujos migratorios destinados en ambos casos al hallazgo de un futuro que para nada bebe de los sueños optimistas y los mundos perfectos de postal.

Publicado: 06/04/2008

La gran mentira europea es el pretexto de Seidl para mostrarnos el infierno de las ruinosas colmenas que pueblan las afueras de las grandes urbes, la miseria espiritual del poder o el comercio indecoroso de cuerpos con el reclamo del sexo barato ahora que incluso somos capaces de vender nuestra alma. La prosperidad económica que la Europa comunitaria clama haber logrado parece dejar a su paso un escalofriante vacío existencial que poco a poco nos insensibiliza ante el Otro y ha terminado por levantar una infranqueable barrera entre los que forman parte del sistema y los que se hallan más allá de sus márgenes.

Por un lado, el viaje hacia el Oeste de Olga (Ekateryna Rak), una enfermera que carga con la responsabilidad de mantener a su bebé y a su madre en la gélida y desoladora Ucrania. Hastiada de los salarios vergonzosos y la explotación en el hospital en el que trabaja, e incapaz de afrontar un trabajo en una web pornográfica que ofrece espectáculos en directo para tipos sin escrúpulos, Olga decide marcharse a Austria donde una amiga le promete esa segunda oportunidad que anhela por propia supervivencia aunque ello signifique dejar algunas cosas atrás y adentrarse en una sociedad que desde un primer momento le plantea una barrera idiomática y cultural. Nadie está dispuesto a facilitar el camino y Olga descubrirá la cruda realidad del desprecio y la indiferencia de rostros que no la miran como a una igual sino que desde su llegada ejercen una actitud de superioridad que entronca perfectamente con ese estudio de la psicología del pueblo alemán durante el nazismo realizado con tanta lucidez por Erich Fromm. “Yo te contrato y te puedo despedir cuando quiera” le escrutan continuamente con la misma actitud del que en la mano de obra sólo ve a un grupo de esclavos. Austria no es la tierra prometida y éste no es un cuento de hadas. Pero Olga, cercana ya al abismo, encuentra un empleo como limpiadora en un geriátrico que finalmente tal vez le proporciona la salvación. En este limbo en el que la sociedad encierra a los que ya no pueden aportar nada, los no productivos, Seidl presenta a Olga como el último resquicio de fraternidad y esperanza, alguien cuyo trato con los pacientes dista por completo de la frialdad mecánica del personal del hospital.

Y aunque su realizador podría haberse conformado con esta historia, decide plantearse el camino opuesto, el viaje a ninguna parte de Pauli (Paul Hofmann), un joven desarraigado que deambula por las heladas calles austriacas mientras malvive con trabajos basura y su día a día se reduce a peleas ocasionales, picaresca desesperada y deudas asfixiantes. En su caso, el trayecto hacia el Este junto a su padrastro no será menos desalentador que la travesía de Olga. Mientras que recaudan el dinero de máquinas expendedoras y tragaperras a lo largo de inhóspitos vecindarios y lugares que parecen olvidados por la mano de Dios, Pauli se hunde en el sinsentido que el aparato político y económico ha creado para aquellos que carecen de trabajo estable, nómina o bienes materiales. Una situación que envilece y corrompe el alma según avanzan rumbo a un purgatorio plagado de antros donde básicamente las mujeres son tratadas como ganado, barrios marginales y hoteles solitarios que previenen sobre un cosmos terriblemente solipsista que estremece tanto como las criaturas que protagonizan la obra de Hopper. El estallido amoral llegará cuando el padrastro de Pauli trate precisamente a una joven que se prostituye como poco menos que un perro.

Llegados a este punto, se habrán percatado de que aquí no hay amabilidad alguna. Ésta es una mirada hiperrealista dirigida contra la mezquindad y la flaqueza de una sociedad crispada que no responde a ninguna convivencia ética. Un puñetazo en el estómago sin trampa y sin cartón, sólo un espejo al que no queríamos mirar. Que Seidl es un documentalista brillante es irrebatible, pues ha alcanzado en su madurez la capacidad de difuminar la línea que separa realidad y ficción hasta tal punto que cuesta discernir donde empieza y acaba cada una de ellas. Pero su mayor fortuna es su pericia para combinar narración veraz y documentación rigurosa con un naturalismo sobresaliente en el que siempre sobrevive la certeza de que mostrar ya es juzgar. Pero no nos equivoquemos. Seidl no establece juicios sobre lo que vemos, porque la acción nunca está contaminada, sino que son nuestras conciencias las que son conducidas hasta el tribunal por obra y gracia de lo que su director documenta en pantalla.

Sin embargo, no es menos cierto que, a pesar de la pasmosa sensación de realismo groseramente próximo, en parte auspiciado por el portentoso trabajo de actores no profesionales o casuales y la localización en entorno humanos naturales y artificiales pero a la práctica existentes, la batuta de Seidl siempre permanece en escena. Principalmente por su genuino estudio de la composición de planos, simplemente magistral, que con el sobrio ejercicio fotográfico de Edward Lachman y Wolfgang Thaler presenta un acabado estético y formal tan importante en el impacto final de la película como el resto de elementos.

Para los que como en mi caso percibieron en “Models” o “Hundstage” el talento y la clarividencia de un autor entregado a la exhibición de las penurias morales del ciudadano global contemporáneo, “Import / Export” será la última estocada contra los cimientos de una sociedad alzada sobre convenciones que afirman que “todo se puede comprar con dinero”.

En cualquier caso, una obra extraordinaria, como siempre.

David López

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