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Japón DVD: "Kichiku, Large Banquet of the Brutes"

“Kichiku, Large banquet of the brutes” (“Kichiku Dai Enkai”), debut como realizador del japonés Kazuyoshi Kumakiri, es un ejemplar cualificado de la vena más radical y descarnada del underground nipón surgida ya durante la década de los 80 de la mano de mentes inquietas como Sogo Ishii, cuya alargada sombra ha marcado a generaciones posteriores en cuanto actitudes ideológicas y ambiciones estéticas se refiere.

Publicado: 13/03/2008

Efectivamente, el espíritu del punk cinema y la grosería de las exploitations residen en la forma y el mensaje de “Kichiku”, aunque ésta sea totalmente ajena al exceso visual, el sonido atronador y la filosofía de lo bizarro que desprenden puzzles surrealistas y rupturistas como “Bakuretsu Toshi”, en los que el diagnóstico político, social y cultural se presentan bajo la coartada de la trasgresión artística, el pensamiento de vanguardia y el avasallador desconcierto de la revolución musical de la época.

Planteado como un primerizo trabajo de un estudiante de cine, y con una producción prolongada durante dos años, “Kichuku” nace de un lamentable hecho real (el incidente de Asno Sanso) para apropiarse de las crudas revueltas de grupos de extrema izquierda en unos agitados años 70 y utilizarlas como metáfora sobre la sociedad japonesa sin ningún atisbo de realismo o perspectiva documental. De ahí su militancia experimental y provocadora, manipulando conscientemente la imagen con virajes fotográficos y celuloide desgastado que propician la sensación de podredumbre física y mental que inunda el film.

Aizawa, carismático líder de un grupo de extrema izquierda, es encarcelado, obligando a Masami, su actual pareja, a asumir la responsabilidad del mismo, entre protestas callejeras, pillajes y fiestas decadentes. Pero el suicidio en prisión de Aizawa provocará una crisis espiritual que desencadenará una espiral de violencia irracional y despiadada en la segunda mitad del metraje. A pesar del creciente desapego existencial de los miembros del clan, Aizawa, aun entre rejas, representaba la figura paternal que otorga seguridad y estabilidad, el núcleo que sostiene y alimenta a la comunidad evitando su disgregación. El equilibrio personal de Masami se balancea entre encuentros sexuales violentos y programáticos con otros activistas de la banda en los que la frustración es la consecuencia de fútiles intentos por hallar la identidad fracturada tras la marcha de Aizawa. Consumada su propia autodestrucción (definitivamente, la única vía de escape que facilita la película), Aizawa, mártir silencioso asfixiado por la convención, propicia una vorágine de horror primitivo y amoral que arroja a sus protagonistas hacia un descenso impredecible a los infiernos a la locura y la psicosis en el que Masami ejerce de maestra de ceremonias. En un clímax abiertamente dantesco y nihilista, la absoluta ausencia de cordura por parte de ésta conduce a un liderazgo estrictamente dictatorial, un infierno en el que sólo subsisten puros animales instintivos carentes de un sistema axiológico y un poder real que los atienda como humanos. Un primer asesinato a sangre fría simboliza la espeluznante pérdida de la inocencia de los jóvenes, testigos o partícipes del irreversible ritual macabro que se avecina.

Kumakiri juega con la estética feísta y el grafismo gore para modelar su relato acerca del vacío y el sinsentido que aguarda bajo la superficie, sobre nuestra fascinación por la barbarie y la muerte. La experimentación sonora produce reacciones encontradas cuando la languidez de cortes de pop alternativo local se funden con percusiones industrializadas de raíz ancestral, otra perversión que repercute directamente sobre un montaje que aúna formatos y flashes ultrarrápidos que facilitan el completo estado de turbación y aturdimiento de su público potencial.

La degeneración de la condición humana y la extrema debilidad de las ideas y los proyectos últimos a costa de su radicalización palpitan en las raíces de la violencia, verdadera incógnita que Kumakiri plantea desde los primeros minutos de “Kichiku”. Lástima que resulte risible por su descarada y desopilante sordidez, que para mayor desatino viene acompañada de interpretaciones excesivas y efectos tan rudimentarios que resultan indignos incluso del primer Olaf Ittenbach. Con todo, un auténtico shock que alerta sobre los peligros que subyacen en la frágil ambigüedad ideológica que sustenta a una sociedad necesitada esquizofrénicamente de vínculos primarios.

David López

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