"Los extraños"
“beyond the mask: The rise of Leslie Vernon” (una suerte de mocku-horror que retomaba sin sutilezas el discurso de la belga “Ocurrió cerca de su casa”), a pesar de sus meritorios hallazgos, demostraba en su tramo final que la eficacia del artesano y la fidelidad a la naturaleza propia del género en muchas ocasiones son más reconfortantes y tentadoras que la trasgresión de la norma y la evolución sin rumbo fijo hacia otros derroteros hasta entonces insospechados.
Publicado: 22/09/2008
Es por ello que “Los Extraños” representa un debut sorprendentemente ejemplar, pues la economía de medios y la sencillez de sus recursos narrativos son la excusa perfecta para que el desgastado slasher setentero palpite con rabiosa contemporaneidad respetando o, incluso, rindiendo pleitesía a la esencia, al horror puro ajeno a concesiones y manipulaciones digitales, siempre capacitado para dotar de una aureola prácticamente mitológica a sus creaciones. Es más, apropiándose de disertaciones inherentes a la generación post-”Funny Games”, la película de Bryan Bertino se permite dotar de un componente perversamente turbio a la ortodoxia del mal.
Bajo su fachada de producto apto para los sucesores de Kevin Williamson y aun partiendo de esquemas tan seguros como elementales, el film no sólo es para su realizador la prueba fehaciente de su dominio de la cámara y los resortes de la puesta en escena del macabro espectáculo del terror. Por encima de todo acredita lo fructífero que puede resultar todavía la asunción de fórmulas estereotipadas si el control de la técnica juega a nuestro favor y suplimos la eterna sensación de déjà vu gracias a pequeños destellos de personalidad y dosis bien medidas de angustia creciente sin ahogarnos nunca en la barbarie desproporcionada (caso del último fantastique francés).
Aunque regresar a los lugares comunes sin demasiada resistencia no auguraba nada bueno, la apuesta de Bertino por el impacto inmediato del arquetipo pero afilando sus tintes claustrofóbicos parece cuanto menos acertada. Ya no se trata sólo del espacio aislado en lo profundo del bosque donde una pareja en plena crisis emocional se enfrenta al acoso sistemático de tres implacables psicópatas anónimos, sino también del desasosiego que pueden llegar a provocar los elementos más vacuos, caso de un tocadiscos capaz de corromper la música de la dulce Joanna Newsom como si se tratase de la sinfonía del miedo.
Pero es la amoralidad sin rostro de sus monstruos la que evidentemente más satisfacción genera. Los demonios de la noche de Bertino no sólo actúan con total impunidad rodeados de un halo de imbatibilidad casi sobrenatural. Como espectadores parecemos poco proclives a perdonar en pantalla la exención de la vileza, pero aún menos a asumir que el mal pueda obedecer al mero azar, a la absoluta falta de razones, a un mero juego destructivo que ni quiere ni necesita justificarse. “¿Por qué?” pregunta compulsivamente el personaje interpretado por Liv Tyler. La ambigüedad de la respuesta a dicha cuestión es una advertencia escalofriante proferida por individuos plenamente conscientes de sus pecados cuya identidad concreta ya no debe importarnos, sugiriéndonos que la depravación está a la vuelta de la esquina y cualquiera somos víctimas/homicidas potenciales mientras la seguridad de nuestros apacibles hogares es una ilusión que se difumina sin contemplaciones. Y es esta sádica corrupción de la tradición la que nos impide desprendernos con facilidad de esta interesante ópera prima cuya sobriedad es su primera virtud.
David López
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