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She monkeys

“Quiero ser lo que era”, se dice así misma Emma mientras posa su mirada en el vacío, en una noche en que su propia degradación emocional (solo) aparenta haber tocado fondo; su vida también parece haber cambiado a raíz de un incidente que entendemos inexorable (y que nunca llega a explicarse, aunque la ausencia de una madre en su núcleo familiar pueda sugerir alguna pista).

Publicado: 26/02/2011

Es una joven adolescente que continuamente da muestras de una creciente insensibilidad social ya sea participando de los crueles juegos que le propone una amiga (algunos de ellos tendentes a humillar a su entorno) como adoctrinando a su pequeña hermana sobre cómo dominar y/o controlar al prójimo. Frente a todos los demás, como si se tratara de un mecanismo de auto-defensa, demuestra una total falta de empatía. 

Emma, que es disciplinada además de obsesiva en su entrenamiento diario, acaba de matricularse en una escuela de acrobacias ecuestres, donde comienza a llamar la atención no sólo de su profesora (que únicamente la achaca una manifiesta falta de expresividad) como la de aquélla que ejerce de líder de aquel grupo de amazonas, Cassandra, que no tardará en ver en ella si no un espécimen recurrente al que manejar a su antojo. Ambas inician una relación de dominancia que, en un principio, parece desequilibrarse a favor de Cassandra, que además parece sexualmente atraída por su nueva compañera. Sin embargo, la personalidad ecpática de Emma no solo logra reequilibrar el status quo sino convertir su relación en un juego perverso entre caracteres disonantes en el que cada uno trata de dominar  (tal es la obsesión por la dominación que profesa Emma que primero lo intenta con los perros, después con los caballos y después lo hace con las personas, incluyendo a su propio padre),  someter y vencer al otro (también en el terreno de la competitividad), dando inicio a una pugna psicológica y emocional (utilizando los sentimientos como arma arrojadiza), que no tardará en trascender al ámbito físico. Pronto será demasiado tarde para una vuelta atrás. 

La otra vía narrativa de la que se nutre la película se bifurca alrededor de la pequeña Sara, una niña de siete años que siente en sus huesos y carne el acoso no tanto de la pubertad (es demasiado joven para ello) como de la soledad en un contexto familiar característico en el que su padre permanece ajeno a su (sorprendentemente tortuoso) mundo interior, y su hermana, Emma, le niega cualquier signo de afecto o de comprensión; un vacío afectivo que la pequeña Sara trata de completar con su primo Sebastian, un adolescente del que cree haberse enamorado y sobre el que aplica, sin éxito, las técnicas de seducción/manipulación que continuamente ve practicar a su propia hermana. 

Alrededor de ambas historias orbita el núcleo argumental de She Monkeys con el objetivo, implícito, de dar a luz una tesina sobre la manipulación emocional y la dominación interpares. En este sentido, la ópera prima de la directora sueca Lisa Aschan, la gran triunfadora de la última edición del Festival de Goteborg, se emparenta (también formalmente) con algunas obras de Michael Haneke como Funny Games (incluyendo en su argumento intrusiones en casas ajenas) o La Cinta Blanca (entendida como génesis de un conflicto cuyas primeros brotes se manifiestan en la proto-adolescencia). Lo hace Lisa Aschan apoyándose en una estructura de intensidad creciente pero controlada, huyendo de cualquier tipo de dogma o juicio de valor, otorgando a los personajes una cierta distancia, dejándolos llevar hasta el límite todos los juegos que plantean (sin llegar, claro, al extremo de los contenidos en Mais ne nous délivrez pas du mal de Joël Séria, una película con la que, no en vano, guarda alguna relación). 

Despojado de ingredientes sensacionalistas, pues, lo que queda en el gaznate es una estupendamente fotografiada, fría y nada condescendiente historia alrededor de la dominación y la lucha de egos, que utiliza la mayor parte de sus esfuerzos y recursos narrativos en demostrar cómo la manipulación emocional, en ese contexto social tan reconocible, puede llegar a convertirse en una herramienta necesaria para la consecución del éxito. Eso, naturalmente, sin importar las víctimas (sean o no menores de edad) que haya que dejar en el camino. 

J. P. Bango 

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