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Perú Cinema: "La Teta Asustada"

Mirar a papá nos revela que nuestros ojos oscuros tienen más tradición que nosotros edad y mirar a mamá no elude la herencia física dejada por ella en nuestro cuerpo, algo así como si hubiéramos hecho una copia libre (pero calco al fin y al cabo) de su anatomía para dar forma a la nuestra.

Publicado: 13/03/2009

Si echamos un vistazo a la cultura bajo la cual hemos crecido ésta nos revelará también buena parte de nuestros caracteres, de nuestros gustos, de nuestros vicios y perversiones; resumiendo, de nuestras sensibilidades. De la misma forma que la genética conforma buena parte de nuestra base como personas, la cultura aporta su granito de arena añadiendo un séquito de agentes que, más sociales que los propios de la herencia paterno-filial, requieren también de una transmisión generacional: de una generación portadora a una generación receptora. Este concepto de la cultura como elemento hereditario se aleja, pues, de la cosificación que ha hecho de ésta un arma arrojadiza de politiqueos baratos que se llenan la boca con términos propios del estudio filológico como lengua, cultura, literatura o arte, otorgándoles el supuesto nivel superior de principios políticos. La cultura de un pueblo le pertenece a éste, y para darle el crédito que se merece sólo basta con percatarse de su trabajo como moldeadora de identidades, objetivo que consigue no mediante una política escondida detrás del uso de una u otra lengua sino través de sus múltiples ramas y gracias a la firmeza de sus raíces. Carla Llosa, en su segundo largometraje tras Madeinusa, regresa a su Perú natal para hacer una observación algo naïf de cómo ese legado cultural subyace en las transmisión de padres e hijos en su forma más terrorífica: el traspaso de una madre a su hija del miedo provocado por un traumático suceso durante una guerra.

La Teta Asustada

En La teta asustada encontramos herencias mal entendidas, herencias que se pierden y herencias que son reutilizadas por el consumismo atroz de nuestros tiempos. Digo malentendidas porque la no adecuación de esas tradiciones a los tiempos que corren pueden generar problemas de diferente índole como le ocurre a Fausta con la papa que se introduce en la vagina a modo de protección. El trauma que acarrea con ella es fruto de la violación de su madre y por lo tanto se trata de un terror causado por un hecho externo a ella. Las herencias se encargan no sólo de transmitir valores y principios sino también miedos, como el de la madre de Fausta por las violaciones, que dejará huella en su hija y le impedirá relacionarse normalmente con los hombres durante buena parte de su vida. Como quien observa a través del microscopio Llosa se acerca a través de esta madre e hija a la desolación y soledad de incontables mujeres peruanas que fueron violadas y maltratadas durante los veinte años de guerra terrorista en Perú, pero lo hace desde la distancia, sin crear mártires, sólo mostrando la realidad de una joven traumatizada por algo que no le pasó pero de lo que sufre las consecuencias.

Las herencias perdidas de las que hablaba quedan evidenciadas en La teta asustada por la aparición de una variante de las lengua quechua y por las canciones en esa lengua. La lucha de Fausta por mantener vivas esas tradiciones contrastan con los festejos (hasta cuatro bodas presenciamos en la película) adquiridos de un mundo que poco a poco se va imponiendo al original, del mismo modo que los fondos de paisajes exóticos son usados en las sesiones fotográficas para ocultar la realidad huyendo a lo idealizado por foráneo. Eso amplifica la soledad del personaje principal y magnifica su condición de último eslabón para la protección de la memoria histórica, cultural y emocional. Fausta lleva en su cuerpo y mente la forma de vida de su madre, una forma de vida perdida por el olvido que llegó con la paz y su silencio; algo que más allá de ayudarla, la constriñe como lo hace su papa, y no será hasta que se libre de esas cargas que empiece a poder saborear la libertad de su individualidad.

Las otras herencias, las reutilizadas, sirven para nutrir como materias primas a los modismos contemporáneos que pretenden capturar la esencia de lo puro para mercantilizar con ello. Es el caso de la pianista para la que trabaja Fausta, haciendo gala de que la cultura de un pueblo nunca es sino que está. De la misma forma que le ocurre a todo lo que toca el ser humano, el legado cultural se moldea con su uso: nacen nuevas formas, se adaptan las viejas, se pierden unas mientras se recuperan otras por el camino y ahí el transvase de las herencias crea una nueva concepción de la suma (o resta, o división...) de varias. Algo así como lo que hace la propia Llosa cuando retorna al país que la vio nacer para reanimar el cadáver del pasado, volver a matarlo y observar cómo en forma de fantasma permanece con su hijo, el presente, luchando para no desaparecer sin que su dignidad sea recuperada.

Carla Llosa viste su pseudo-retrato de un lirismo cercano al realismo mágico haciendo que todo lo impensable de su propuesta resulte creíble, convirtiendo lo aparentemente inverosímil en auténticas situaciones pintorescas. El poder de sugestión de La teta asustada reside en esa capacidad de Llosa por tratar una realidad como si fuera un cuento, aunque al hacerlo se mantenga distante de lo que retrata, convirtiendo a su personaje principal en una suerte de Alicia solitaria y perdida en un país de las maravillas que no reconoce como propio ni como el heredado. El costumbrismo de algunas escenas y ese realismo mágico del que hablábamos nos coloca de pleno en la tradición pero la distancia que marca Llosa impide que La teta asustada se convierta en un ejemplo de cine social panfletista. Al fin y al cabo, del mismo modo que nos habla de una realidad histórica a través de esa relación heredada de madre a hija, también nos habla de una joven que busca encontrar su identidad deshaciéndose de la tradición. Acercarse a la historia es una forma de ver lo que somos a través de la evolución de la herencia que nos ha llegado. Reivindicarla sin caer en anacronismos es tan complejo como mantenerse coetáneo sin llamar a la puerta del olvido. Llosa nos propone ese doble juego a través de Fausta, mostrando lo imposible de congeniar esas dos posturas pero sin proponer ninguna como solución. Que cada cual decida por sí mismo.

Mónica Jordán

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