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La Vergüenza

Que vivan las metáforas. Desde el título que le sirve de partida hasta la más evidente y chirriante secuencia final que tiene a unos peces de colores por protagonistas, simbolizando la entrada de los personajes principales en un mundo más maduro y se supone amplio, carente de mentiras y por lo tanto mucho más sincero, duro y arriesgado.

Publicado: 01/06/2009

Hasta llegar aquí, el debutante David Planell (coguionista de la sonrojante Siete Mesas de Billar Fracés), nos propone una historia con la que va a intentar agitar las conciencias sociales del espectador. Un matrimonio de lo que hoy se entiende por progres se plantea la posibilidad de devolver al niño que tiene en acogimiento preadoptivo. El menor, de 8 años y origen peruano, padece un trastorno del comportamiento que lo hace hiperactivo, lo que ha llevado a que haya salido rebotado de tres familias de acogida, con todo lo que ello implica. Ya no solo contamos con la inicial pérdida de la madre que lo trajo al mundo sino con el rechazo de aquellos que se comprometieron y no lo quisieron por no poder hacer de él un niño modelo. Este planteamiento nos sirve no tanto para analizar la problemática del menor en cuestión o de las familias de acogimiento, sino para realizar un supuesto estudio sobre las relaciones de pareja, los miedos personales que nos impiden madurar y las segundas oportunidades. Por desgracia es tanto lo que quiere abarcar, tantas las cuestiones a abordar que finalmente se queda a más de medio camino de casi todo. Y es una lástima, porque punto de partida no es lo que le faltaba.

Los problemas fundamentales provienen de un guión pobremente elaborado, que se permite el lujo de abordar problemáticas de mucho calado en una hora y media de tiempo real de sus personajes en la que los acontecimientos se precipitan con orden pero con escaso concierto. La narración resulta atropellada, abre problemas y los cierra con una facilidad pasmosa a pesar del final abierto, dejando todo el peso sobre unos esforzados actores que tienen muy poco que hacer con unos personajes excesivamente estereotipados. Vale, sufren y lloran con total credibilidad, pero por eso el conjunto no resulta verosímil. Es posible que se resienta mucho del tono con el que Alberto San Juan aborda su interpretación, muy en la línea de sus anteriores sinvergüenzas encantadores, que no acaba de casar bien con la historia.

El dramatismo de algunas situaciones deviene por momentos en situaciones cómicas, no se si voluntaria o involuntariamente, sacándote de la historia e impidiéndote familiarizarte con los personajes, con todo lo que ello implica. Esto da pie a un conjunto muy irregular que no consigue dar con su tono en ningún momento del metraje a pesar de contar en algunos de sus pasajes con unos diálogos interesantes, aunque algo artificiales. Una clara muestra la constituye la secuencia con la trabajadora de servicios sociales, por momentos no sabemos si estamos ante un momento dramático o ante una comedia bufa con gag visual incluido.

Al final lo que nos queda es una historia que no profundiza en ninguna de las aristas que se intuyen, que rasca la superficie tirando en muchos momentos de topicazos para sermonear y moralizar al respecto de las relaciones de pareja, que introduce una subtrama con madre despechada un tanto ridícula y mal resuelta y que resulta simplista en su modo de afrontar todos los problemas tratados. Esta vergüenza se nos queda en poquita cosa.

Carlos Polite

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