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"El cine de Hayao Miyazaki (7): Porco Rosso"

Publicado: 07/08/2007

—Cuando recobré el sentido, mi hidroavión volaba rozando la superficie del mar
—Dios te dijo: “No vengas todavía”, ¿verdad?
—¡Ja!, la verdad que a mi pareció oírle decir: “Volarás solo para el resto de tu vida”.

Quizá sea Porco Rosso, (Kurenai no buta), 1992, la película más lírica y emotiva de toda la filmografía de Miyazaki y, con pocas dudas, la más elíptica y trascendental. También la más madura a pesar de que toda su fachada se pervierta, como casi siempre, de colores pastel y tonos remarcados, aquí nuevamente integrados en unos bellos paisajes que, dibujados a mano, intensifican el carácter bucólico y evocador que el subtexto de esta historia sugiere.

Porco Rosso

Porco Rosso es un cazarrecompensas en la Italia de entreguerras que combate por si mismo y por dinero, lucha contra los piratas aéreos y toma sus copas de vino en el embarcadero de Gina, su gran amiga y confidente, una viuda de guerra de la que está enamorada medio Mar Adriático. También está enamorado de ella Curtis, un aviador norteamericano, conquistador y ambicioso (un aspirante a actor que pretende ser Presidente de los Estados Unidos), que ha encontrado en Porco Rosso un rival digno al que medirse. Las piezas se distribuyen, pues, sobre el tablero tomando como base la estructura de un western crepuscular —adicionalmente repleto de referencias cinéfilas—, pero trasladado a un ambiente mediterráneo, contextualmente utópico, en las postrimerías de una década que vaticina un cambio social apabullante.

Lo que no hemos dicho de Porco Rosso es que hace honor a su apodo mejor que nadie, pues este aviador se ha convertido en cerdo por razones no del todo claras; el doblaje español insiste en que se trata de una maldición (o “hechizo”) sin embargo encontramos en su argumento insinuaciones de que es el propio Marco, el aviador que se oculta tras la máscara del cerdo, quien ha renunciado a su condición de hombre (o de guerrero) acuciado por los fantasmas del pasado; en cualquier caso, ha dejado de emparentarse con una especie, la humana, capaz de entregar su vida a la Guerra y otras pendencias sin sentido. Instruido por el desencanto, entonces, el aviador se ha convertido en un cerdo para desembarazarse de todas las servidumbres que lleva aparejada su naturaleza anterior, como bien explican la multitud de frases lúcidas que espeta durante toda la película y que van a terminar de definir su personalidad y carácter nihilista: “Siempre mueren los buenos” “Prefiero ser un cerdo que un fascista”. “Eso son cosas de los hombres”. “Los cerdos no tienen país ni ley”. “El verbo creer puesto en boca de una niña tiene otro sentido”.

Porco Rosso

Cuando Curtis lo vence en su primer duelo, Porco Rosso acude a Milán para reparar su avión. Endeudado hasta los tuétanos por aquella avería, perseguido por el ejército al que ya no quiere adscribirse y por los piratas a los que tantas veces venció, y obligado a retar a aquel que lo derribara antes, se encuentra -en el habitáculo de su hidroavión reformado- a una aprendiz que lo adora, la adolescente decidida característica del cine de Miyazaki, transformada aquí en una ingeniera de diecisiete años, locuaz y divertida, capaz de detener un linchamiento con las palabras y, quién sabe, si de revertir los efectos de aquella maldición existencial con un beso redentor y cómplice.

La nostalgia es otra de los motores existenciales de los que se nutre esta película con sus aviones ligeros, espíritu aventurero y carácter bohemio; nostalgia que se desliza por un argumento donde el pasado de los personajes aun tiene mucho que decir. Al menos eso reflejan sus miradas y gestos, los silencios que les acompañan al amanecer mientras esperan que se acerque por el horizonte un avión rojo que les salve. Por alusiones, tenemos que detenernos en Gina, un personaje fascinante, cuya complejidad de carácter anticipa la marcada personalidad de Lady Eboshi, una mujer viuda condenada al cumplimiento de una promesa de amor cuya ejecución se antoja dificultosa, en tanto también implica a Porco Rosso que hace tiempo entregó su vida a la soledad.

Y es que detrás de su apariencia evocadora, de las citas cinéfilas a Casablanca, a El Hombre Tranquilo (o al They Live de John Carpenter), al western crepuscular, o al cine aventurero de Howard Hugues, se encuentra una película adulta y reflexiva, quizá la más personal de cuantas haya dirigido Hayao Miyazaki, una cinta emotiva, intensamente hermosa, que evoca paisajes comunes del Cine de todos los tiempos y también del Cine de un autor familiarmente ligado al mundo de la aviación y a su espíritu. En torno a este espíritu, articula esta historia de desencanto y de amores platónicos, de recuerdos impostados y de esperanzas que se advienen en el horizonte, con la coartada formal de una comedia de personajes animados y piratas aéreos.

En realidad, nos encontramos con la auténtica obra de Culto de Hayao Miyazaki.

Lo más destacado: el vuelo que efectúa Porco Rosso sobre el jardín del Hotel Adriano anunciado a Gina su regreso. Nunca tan pocas palabras expresaron tanto.

Lo menos destacado: que la ambigüedad de su final concite tanta controversia.

J.P. Bango - El Cronicón Cinéfilo

Kwisatz en 05/05/2010

Soy un gran amante de esta película.
La considero una de las películas de mi vida, y considero que tu artículo es impecable.
Yo no sabría haberlo puesto por escrito mejor.
Mi más sincera enhorabuena.

MATY Y NADIA en 09/08/2008

ES MUY BKN

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