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"El silencio antes de Bach" por David López

Publicado: 02/12/2007

En un determinado momento de “El Silencio antes de Bach” se hace referencia a la belleza de los objetos artísticos que agradan a los sentidos y satisfacen a la razón. Con dicha premisa se construye igualmente la última aventura fílmica del prestigioso Pere Portabella, autor que cumple con el “nadie es profeta en su tierra” mientras que las bienales de medio mundo y las altas esferas institucionales y académicas internacionales se rinden ante su trabajo. Reconocimiento merecido que premia la genial madurez de una obra donde sensibilidad y entendimiento comparten el mismo espacio escénico.

“El silencio antes de Bach” no es simplemente una oda a la belleza de las ideas, a la magnificencia de los conceptos. Portabella las subraya en sugestivas reflexiones estéticas que sin embargo quedarían vacías sin la aportación intuitiva del espectador. Y esto es efectivamente así porque el lazo invisible entre sus distintos planos y escenas sólo lo hallaremos en la propia experiencia sensible e intelectual. La obra no puede vivir sin su público y Portabella siempre ha tenido muy presente esta realidad, manifestando y defendiendo la autonomía simbólica de la obra de arte, que una vez desprendida de los brazos de su autor, pertenece por derecho propio a un mundo de la vida en el que cada cual debe rellenar los huecos con pequeños retales de su existencia.

Al comenzar la película recibimos esta invitación, presentándonos un museo cuyas blancas paredes muestran la ausencia de manifestaciones artísticas hasta que una pianola recorre el espacio del mismo inundando su extensión de la hermosura de las notas musicales de Las Variaciones Goldberg. Nosotros sólo hemos de repetir la misma mecánica. Pero Portabella nos indica algo más: la música, que en esta caso proviene de un objeto de la era épica del simulacro, no tiene un papel secundario sino protagonista, fraguándose imagen y sonido como las dos caras inseparables de la misma moneda. Si la historia de Europa estaba sumida en el silencio antes de Bach, la obra de Portabella sólo cobrará vida en presencia de su destinatario.

Éste es el reto que el espectador debe asumir tras la sucesión de imágenes silentes y escenas levemente narrativas que configuran el film. Un grandioso relato de la Europa de la Modernidad en la que Bach ejerce el papel de epicentro cultural y humanista de un nuevo pensamiento político, económico y social. Una película histórica con apariencia de experimento indefinible y alma de meditación perfeccionista que no precisa de explicación o aclaración alguna, sino de la paciencia y el interés necesario para disfrutarla adecuadamente.

David López

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