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Cannes 2010: "Uncle Boonmee who can recall his past lives"

Sobrecogedoras sonoridades selváticas que, entre la fascinación y y el azoramiento, nos sumergen en el corazón del bosque, ente vivo de reminiscencias legendarias que custodia su enigma entre rumores salvajes y movimientos sigilosos. Recónditas imágenes primitivas de resonancia mitológica arropadas por la luz fantasmagórica que emana del conjunto de paisajes y figuras. Primeros pobladores que se adentran en la maleza tras la pista de un buey extraviado; meras siluetas ante la atenta mirada de una imponente criatura espectral que, al hilo de murmullos nocturnos y voces susurrantes, inspira el retorno a un reino sobrenatural que nos acecha desde la génesis del universo. Vigorosas soluciones visuales que, subrayadas por un acongojante soporte auditivo, bosquejan en sus primeros compases los trazos maestros de “Uncle Boonmee who can recall his past lives”, apología de la creación artística en libertad que supone, no sólo la consagración internacional de su autor, sino también el triunfo de ese cine invisible aquí cimentado sobre una trayectoria multidisciplinar de ecos insospechados.

Publicado: 10/06/2010

Emancipándose de cualquier anclaje formal previo (aquellas fracturas internas que desempeñaban el papel de bisagra), liberado ya de volatiles ataduras conceptuales, el tailandés depura su ideario como corolario de todas las posibilidades y las inquietudes fraguadas en el proyecto multimedia Primitive (especialmente los cortometrajes “Phantoms of Nabua” y “A letter to Uncle Boonmee”). Un tributo sincero a los clásicos de estudio que colmaron de encanto naif e incoherencia expositiva salas de cine y televisores durante los maravillosos años sesenta; una reinterpretación en clave lírica y trascendente del “pee neung baht”, el tradicional cuento de fantasmas; una inmersión en los brumosos márgenes del pensamiento oriental, desligada por principios de cualquier racionalización mecánica; un relato de corte fantástico que apela a intuiciones y sensaciones como guía para penetrar en una narrativa inusual, supeditada a derivas, espejos, recursos extemporáneos y fundamentos expresivos; un diálogo abierto que vincula en su integridad el camino recorrido por su director en cuanto interrogante que continuamente nos interpela. Contingencias que no pueden apresar en su completitud el intrincado entramado de referentes y hallazgos de una obra de arte total que no desprecia su dimensión política, propicia para el reconocimiento social (el mérito inmigratorio de las clases trabajadores procendentes de Laos) y la deuda intercultural (concretamente, con el pueblo francés).

Imbuido en el embrujo de las remembranzas arcaicas evocadas por Phra Sripariyattiweti (antes le alentaron las parábolas de origen folclórico de Noi Inthanon), Weerasethakul se apodera de la historia de Boonmee, un hombre que, aquejado por una enfermedad renal cuyo desenlace se aventura próximo, toma la decisión de abandonar el hospital para regresar a la provincia de Isan, al noreste del país, un marco rural en el que las casas siempre están abiertas a la frondosa vegetación exterior (recurrente su desafío contra la aséptica blancura que invade el entorno urbano). Con el firme deseo de compartir con los suyos sus últimos días, este viaje, que se transfigura en búsqueda de raíces y sendas perdidas, adquiere singular significación para el cineasta de Bangkok. Un reencuentro con el lugar que lo vio crecer pero también un rincón remoto y desconocido de la geografía asiática; una comarca empobrecida de clima inhospitalario que hoy apenas si evidencia la sangrienta revuelta que tantas víctimas costó a las filas del comunismo durante la implacable persecución estatal (un hecho abominable en cuya participación Boonmee cree hallar la causa de su mal karma). Además, la localización limítrofe de la región de Nabua acentúa el carácter fronterizo (literal y metafórico) que recorre de principio a fin su filmografía.

En su primera noche en el campo, Boonmee, en compañía de su cuñada Jen y su subrino Tong, asiste atónito a la etérea aparición de Huay, su difunta esposa. Acto seguido, la desconcertante comparecencia de un mono fantasma; en realidad, Boonsong, el vástago que se desvaneció en las entrañas de la selva, obsesionado con el secreto que encerraba una enigmática instantánea. Como los espíritus hambrientos de la espesura, aquellos que una vez fueron importantes en su vida desean escoltar al viejo tío en las postrimerías de su existencia. Si la presencia de Huay implica una conciencia ajena a los designios del tiempo y el espacio (“los fantasmas no se vinculan a emplazamientos ni a épocas, sino a personas”), Boonmee, a expensas de la muerte, recupera el legado de sus distintas reencarnaciones, ya sean hombres, mujeres, animales o plantas, sin excesivas pistas para que el espectador descifre la identidad de las mismas a partir de sus propias convicciones (es inevitable pensar en el pariente octogenario que rememoraba su trayectoria a lo largo de 200 años en el tercer trabajo del realizador tailandés). Weerasethakul trufa entonces el metraje de recuerdos que remiten al pasado y al futuro pero que convergen en el instante presente; de realidades paralelas que enarbolan un discurso circular acerca de los ciclos vitales; de múltiples identidades que, tras la fachada, configuran las capas de un ser fraccionado; de lugareños que entablan conversación con bestias bajo la más estricta naturalidad;, de intimidades que insinúan hermosos romances de imperecedera condición; de karaokes rayanos en el puro kitsch en los que un DJ nos regala un meloso tema rock.

En las profundidades de la jungla, ese escenario contextual que siempre ejerce de protagonista y cómplice, se entrecruzan las historias de almas en perpetua transmigración. A veces invocan máquinas del tiempo que nos trasladan a un futuro distópico en el que una autoridad sin rostro detenta con crueldad el monopolio de la violencia (Weerasethakul plantea esta idea a través de una secuencia fotográfica que trae a la memoria a los soldados inmortalizados junto a un cadáver anónimo en los prolegómenos de “Tropical Malady”). Otras rescatan del olvido exóticas fantasías de corte moralizante. Y en su término, una gruta en el abismo subterráno, ese enclave donde Boonmee perfila su primigenio nacimiento y donde exhalará su aliento final bajo un exultante manto de estrellas. Curiosamente, el medio cinematográfico, subordinado también a procesos de decadencia y regeneración, adopta una labor similar cuando recrea otros mundos posibles o se embarca en crónicas pretéritas. La noticia de su ocaso la asocia a las presiones ultranacionalistas; por ello no es casual la inclusión de un breve fragmento de “The last moment”, cinta de dudosa valía que se ajusta a estilemas propios de la soap opera de producción tailandesa, esto es, la antítesis, no sólo de ese melodrama que también gusta tanto a Wisit Sasanatieng, sino del sentir de todos esos jóvenes que no se identifican con el establishment político y cultural de su país.

Una mixtura de credos de filiación contemplativa (la cosmología budista, la herencia hinduísta, el espiritualismo animista) sondea esta odisea que confronta el viejo y el nuevo mundo. Aun perdiendo su inocencia primaria, encaramos un juego de opuestos y reverberaciones, no exento de atrevidas incursiones humorísticas (especialmente en su resolución, apelando a las insólitas costumbres de un monje que se siente ciudadano del siglo XXI), que demanda audacia si queremos “preparar nuestros ojos para ver en la oscuridad”, como menciona Huay durante el descenso a la caverna. Esa rasgadura del velo de maya alude a uno de los pasajes más embriagadores del film, aquella alegoría sobre la naturaleza híbrida de la concepción, en la que confluyen una princesa desfigurada y un pez gato que se jacta de dominar las aguas. Allí se da cita una reflexión aleccionadora de erótica conclusión, en la que los reflejos y las ilusiones reinciden en cortinas de humo que nublan nuestros sentidos y juicios. La exploración de aquello que Max Ophüls denominaba “la influencia oculta de las cosas más allá de la apariciencia”, se convierte pues en el leit motiv de la dialéctica que el creador establece con su público potencial, y que tiene como intermediario a la obra entendida como un Todo mutante. Por el camino, lo que de bello, siniestro y sublime rezuma esta pieza inconmensurable.

David López

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COSME en 30/11/2010

ALERTAAAA!!!!.... la película es un truño metempsincótico al cubo!!!

Tan sólo me gusto la música del final…alguien sabe qué tema es???

gracias!!!

cosme


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