Septimo Vicio - El cine visto desde otros t iempos

"Grace is gone" por David López

Publicado: 24/11/2007

En un momento en el que los realizadores norteamericanos parecen forzados a rendir cuentas exorcizando sus demonios y pecados a través de la vía más atroz y explícita (“Redacted” de Brian de Palma ha sido la última en poner el dedo en la llaga), James C. Strouse intenta desvelar en su debut la otra cara de la moneda, posiblemente en una línea no muy lejana a la expuesta en la última obra de Paul Haggis.

Porque el conflicto iraquí se podría articular a lo largo de mil y una historias, algunas tan hirientes y traumáticas como anónimas para el espectador occidental. Pero como decía, en el caso de Strouse, el concepto no es tanto el acontecimiento en sí como sus depredadoras consecuencias. Porque nadie nos engañará a estas alturas: la guerra es un arma de doble filo que no sólo deja un reguero de cadáveres por el camino, sino que es la mayor devoradora de familias y conciencias que pueda existir.

Apostando por el drama ajeno a condimentos superfluos y a los excesos del sentimentalismo meramente lacrimógeno, su director se detiene para narrar con agridulce sencillez, falta de pretensiones y contrastada sinceridad la historia de Stanley Philipps, padre de familia que un día cualquiera recibe la peor visita posible. Su mujer, soldado destinada en Irak, ha fallecido en combate. Esa mañana no sólo se ha derrumbado su mundo. Sabe que sus dos hijas, de ocho y doce años, recibirán una noticia para la que nadie las ha preparado. Incapaz de confesarles una dura verdad, emprenderá un viaje desesperado por un Estados Unidos que en el film no parece más que un yermo paisaje de desolación y angustia.

Con un libreto como éste, era de imaginar un recital interpretativo de John Cusack, afortunadamente muy comedido y sobrio en el conjunto del metraje, si bien magníficamente secundado por Alessandro Nivola y las jovencísimas Shélan O’Keefe y Gracia Bednarczyk, contrapuntos dramáticos indispensables en la construcción de esta película. En cualquier caso, es cierto que Strouse levanta la trama en torno a un personaje cuyo discurso revela desde el primer momento una desaforada amargura. Un tipo incómodo en reuniones de parejas de soldados en las que él es el único hombre, situación que tras su exclusión del ejército por un problema de vista lo ha conducido a una confrontación entre falsas creencias sobre el deber y la patria que en el fondo ya no puede compartir y la incesante autoculpabilización que se recrimina “por qué no soy yo el muerto”. Preso del miedo que supone la verdad y la apertura de un futuro que deberá asumir solo, Philipps se lanza compulsivamente a la carretera en lo que será un viaje sin aparente rumbo cuya única premisa es mantenerse lo más alejado posible del hogar, fuente de unos recuerdos que en estos momentos son lo suficientemente dolorosos como para enfrentarse cara a cara con ellos.

Aún bebiendo de tantos fetiches del cine independiente norteamericano, Strouse asume su autoridad tras la cámara condensando la densidad emocional que atribuimos a un producto de esta índole en una pequeña colección de encuentros y situaciones que podemos resumir en dos momentos. Por un lado, las llamadas telefónicas de Philipps a su propia casa para escuchar el último testimonio sonoro que guarda de su difunta esposa: la grabación de voz del contestador automático. Por otra parte, la discusión acerca del deber y su significado que mantienen padre e hija en una nada alentadora lección sobre nuestra inútil condición de súbditos y mártires en pos de unos altos valores y estamentos que ni tan siquiera llegamos a comprender. Dos estampas que congelan en un par de minutos la esencia de este film invitándonos a recapacitar sobre un absurdo sinsentido con la misma melancolía que despliega el score firmado por Clint Eastwood.

A fin de cuentas, parece que estamos emocionalmente inmunizados con respecto de las grandes estadísticas repletas de números que sustituyen nombres y apellidos. Por ello, relatos íntimos y cercados como éste parecen golpearnos con mayor fuerza. Intrascendente o no, ésta es una de esas historias.

David López

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