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Oficial: "Parking" de Chung Mong-Hong

Publicado: 27/04/2009

Aunque tras un apresurado primer visionado habrá quien asegure que la infernal odisea de Paul Hackett en el Soho neoyorkino no dista demasiado de la aventura noctívaga de Chen Mo, lo cierto es que en el camino que transita de "Jo, qué noche!" ("After Hours") a los relatos de cajas chinas hilvanados por Ho Ping en "The Rules of the Game" ("Wa dong ren") hay recovecos inexplorados.

parkingpicpicpic3Si en la cinta de Scorsese el personaje interpretado por Griffin Dunne descubre el vértigo que oculta ese mundo turbador que tanto le fascina como vía de escape para su grisácea existencia, en la sobresaliente ópera prima del realizador taiwanés Chung Mong-Hong el entramado humano que se teje a lo largo del metraje parte de una situación fortuita para exhibir las desventuras  individuales que subyacen tras las máscaras diurnas y que la noche revela como demonios disfrazados en la rutina a la espera del alba.

Como inspirada y sugerente mixtura de comedia negra extravagante, drama intimista y thriller eminentemente nocturno (no menos seductor que la contrarreloj noctámbula de "The Chaser"), "Parking" ("Ting Che") muestra sus ases con sobriedad y parsimonia mientras evidencia su interés por sumergirnos en un etéreo retrato urbano que bajo la luz de la luna adquiere la apariencia de limbo pesadillesco. Un fugaz arco temporal en el que Mong-Hong nos aproxima, no sin ambigüedad, a cierta lección vital, apresando en fragmentos personales desdibujados la esencia de vidas enteras, las de seres marcados por pasados que insinúan abismos.

Jugando hasta el paroxismo con la misma cadena causa-efecto empleada por Johnnie To en "P.T.U.", el rol que hace suyo Chang Chen ("Aliento") se convierte en el protagonista involuntario de una concatenación de inesperados sucesos como consecuencia de una decisión tan baladí como poco afortunada. Con la intención de comprar unos pasteles artesanales con los que espera satisfacer a su esposa, Chen Mo cambia en el último instante de plaza de aparcamiento, totalmente ajeno a la serie de penalidades que esta simple acción acaba de desencadenar cuando a su regreso advierte que un automóvil en doble fila bloquea su salida. Como las horas vuelan y la velada se aventura larga, su desesperación por hallar al dueño del vehículo y llegar lo antes posible a casa lo confronta con sujetos cada vez más excéntricos según se zambulle en este microcosmos metropolitano.

En un espacio reducido, Mong-Hong es capaz de perfilar con admirable talento la trayectoria de unas almas perdidas que merecen una segunda oportunidad. En primer lugar nos introduce en la destartalada barbería de un tipo que con cierta resignación recuerda la apertura de su establecimiento quince años atrás, en una época en la que inmerso en negocios turbios, un ajuste de cuentas a golpe de martillo le inmovilizó la mano derecha hasta el final de sus días. Será él quien guíe primero en su búsqueda a Chen Mo hacia el viejo y solitario edificio que apenas si se mantiene en pie junto al local del barbero. En la tercera planta del mismo reside una pareja de encantadores ancianos que cuida con mimo de su nieta Nini. Inexplicablemente, el matrimonio confunde a nuestro héroe con su hijo Xiao Ma, el progenitor de la pequeña. Tras conocer por terceros el fatal destino de Xiao Ma (un guardia de seguridad condenado y ejecutado tras secuestrar a la hija de un cliente con el propósito de sufragar los costes médicos de su moribunda mujer), adopta una actitud similar a la de Harvey Keitel en el epílogo de "Smoke" y mientras se soluciona su encrucijada se apropia de la personalidad del difunto y acompaña en su cena a esta familia desestructurada a la que devuelve la sonrisa durante unos minutos.

parkingpicpicpic2Su camino se cruzará también con el de Lee Wei, una muchacha de la China rural que víctima de la reestructuración empresarial y la caída de la producción acaba prostituyéndose en Taipei engañada con falsas promesas de futuro por parte de Xiao Dai, un proxeneta de poca monta que defiende irónicamente su "negocio familiar" como una auténtica industria de servicios. Finalmente, el otro vértice importante de esta historia lo asume un joven de Hong Kong que tras abandonar el taller de sastrería heredado de su padre por un porvenir en una fábrica textil, huye de los tiburones que quieren cobrar las deudas que las estafas de su socio no pudieron disimular. Mediante flashbacks, estos detalles se exteriorizan a la par que comenzamos a comprender el carácter de Chen Mo, al que en un primer momento conocimos durmiendo en su coche en un solar abandonado. No es sino desapego por comparecer en su domicilio pues la relación con su compañera frecuenta horas bajas y se mantiene en vilo a la espera de un embarazo en el que han depositado sus esperanzas.

En su desconcertante recorrido todo es posible. Desde mafiosos que rememoran con nostalgia mejores tiempos mientras disfrutan de un cigarrillo hasta taxistas que conducen su fuente de ingresos con la misma energía con la que pilotaban aviones cuando militaban en las Fuerzas Armadas. Siempre provocando las más variopintas controversias, escenificando esperpentos rayanos en el humor bizarro (la estupefacción que ocasiona el hallazgo de una cabeza de pez en el lavabo de la barbería), grotescos fetichismos (el escabroso tropiezo de Lee Wei con un cliente que la insta a orinar en el suelo mientras se masturba) y diálogos imposibles sobre gangsters vegetarianos y obsesiones hipocondríacas.

La frescura y la enigmática serenidad que destila el debut de Mong-Hong enriquecen un planteamiento que por otra parte invita a apreciar ideas sutilmente trazadas en la película pero bosquejadas con suficiente opacidad como para que el espectador intervenga activamente. La simbología reflectiva entre lo real y lo onírico (los sueños de la cónyuge de Chen Mon), las acusaciones de desarraigo generacional (el sastre, que representa la negligencia y el riesgo frente a la metódica convencionalidad de su predecesor) o la reflexión sobre nuestra visión superficial de todo cuanto nos rodea (ejemplarmente apuntada en la descripción que Xiao Dai precisa de Taiwán) dotan al largometraje de valores intrínsecos como pertinaz disección del malestar contemporáneo. Sin florituras, apostando por un objetivo inquieto, primeros planos ágiles y un score evocador, el taiwanés sondea en el frenesí de los neones y en el claroscuro de las estancias privadas la posibilidad de alcanzar el amanecer en las tinieblas. La conclusión permite resquicios de optimismo a pesar de lo agridulce: la existencia es una constante de giros que no podemos anticipar, de decisiones complejas que no llegamos a discernir, de desvíos que nos orientan hacia callejones sin salida, pero que necesariamente nos fuerza a tomar las riendas y a seguir adelante sin desfallecer. De ahí la moraleja en off que acompaña la última imagen del film, la de un túnel cuyo término se pierde en la oscuridad y se torna imprevisible pero nos apremia a avanzar sin parar.

En esta tesitura, la comparativa con la que abriamos fuego apenas si honra este brillante ejercicio cinematográfico que, como el electrizante tema de John Cale que cierra la función, se construye a partir de fogonazos ásperos y febriles. Y es que como si de un huracán se tratase, esta obra de autor reúne todas las papeletas para abrise paso con autoridad en un escaparate internacional cada vez más exigente.

"Parking" se proyecta en el Festival de Cine Asiático de Barcelona - BAFF 2009 los días 4 de Mayo (22:30, Rex) y 9 de Mayo (18:00, Rex).

DAVID LÓPEZ

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