Italia DVD: "La Terza Madre / Mother of Tears"
18/04/2008 - 16:21
Lo que son las cosas en estos tiempos de cinefagia descarriada. Pues sin la expectativa previa generada por una estudiada y perspicaz campaña de marketing, “La Terza Madre” (“Mother of Tears”) no hubiese corrido mejor destino que “El Jugador” o “Insomnio”, estrenos directos en el ámbito doméstico que quedaron relegados a alquileres despistados y compras exclusivamente nostálgicas. Porque es triste que después de todo no nos quede sino lamentar que “inconclusa” haya dejado de ser la coletilla que acompañe nuestras referencias a la hasta ahora celebrada Trilogía de las Madres de Dario Argento.
Rematadamente anacrónica en cuanto actitudes y resultados, demasiado tarde llega este inesperado cierre de lo que hace treinta años se había revelado como una de las sagas más influyentes y preponderantes de la historia del cine fantástico. Desprovisto de la estilización y la belleza de su primera etapa dedicada en cuerpo y alma a la tradición del giallo, el Argento esotérico sube a la palestra incapaz de sentenciar en ningún momento si es ésta una festiva autoparodia de su propia obra o desgraciadamente es un descenso en picado tedioso e incontrolado. Sin caer en el grosor específico alcanzado por su alumno Michele Soavi (especialmente en la trasnochada “El engendro del diablo”) o la virulencia de “Demons”, el lóbrego universo de paganismo, magia negra y brujería hallado en los vestigios de la literatura fantaterrorífica es rescatado por Argento en pleno siglo XXI despreocupándose incomprensiblemente por el guión, los personajes o la factura final, tal vez cegado por el status de culto que envuelve su figura o deseoso de deconstruir con malicia su leyenda.
Para empezar, nada como un punto de partida a la vieja usanza. Así, el hallazgo de una misteriosa y antiquísima urna en el cementerio de Viterbo desencadenará el apocalipsis en las calles de Roma (aunque las escenas de histeria colectiva a lo largo y a lo ancho de la ciudad superan ampliamente el límite de lo risible). Asia Argento asume el rol principal de la trama como la joven heroína que tiene en sus manos la clave para evitar el reino de oscuridad que puede cernirse sobre la faz del planeta si la cruel Mater Lacrimorum alcanza el poder de antaño. A través de un simpático vínculo con la primera entrega de la serie (Sarah Mandy, el personaje de Asia, resulta ser la hija del papel que interpretaba Jessica Harper en “Suspiria“), se nos presenta una auténtica guerra abierta entre el bien y el mal, entre la magia blanca y los poderes de las tinieblas, arrojando algo de luz sobre el origen de las tres grandes brujas de la Europa fantástica en un movimiento que ni es necesario ni es oportuno.
A pesar de lo regocijante que supone en la actualidad disfrutar de un producto que parece invocar continuamente otra época, el libreto es absolutamente paupérrimo y frustrante, despreciando unas creaciones que rozan el ridículo y articulando el desarrollo de la historia con una ingenuidad pasmosa. Todo el repertorio de su director (argumento alucinado, sadismo, gotitas de sexo) queda a merced de un montaje poco profesional, unos efectos especiales bochornosos y un tratamiento reiterativo y torpe que redondean los peores vicios del realizador transalpino. Aunque pecadores hay muchos, especialmente su reparto en horas bajas, desde una Asia Argento completamente perdida hasta una Daria Nicolodi con apariciones tan breves como deplorables. Tan solo queda la siempre grata presencia de Udo Kier, rememorando como nunca la edad dorada del eurotrash, y la exuberante carnalidad de la modelo israelí Moran Atias. Incluso el antaño atinado Claudio Simonetti ofrece su score más insípido a fecha de hoy. Es como si la necesidad y la premura hubiesen motivado un rodaje casi improvisado en el que todos los elementos obedecían primordialmente al libre albedrío.
Ahora bien, si confiamos en el talante caricaturesco de Argento, podemos aplaudir su pretensión de filmar en 2007 una hilarante pantomima que acoge con sarna los tópicos del género propiciados por la industria italiana en la década de los 80 y los coloca como una antigualla en un contexto chocante. Así como sus brujas pertenecen a un sombrío mundo de superstición medieval, la bizarra orgía final de cuerpos y vísceras podría aludir a esta intención, a la broma autorreferencial. Por lo que no es extraño que todo se precipite y se cierre el telón con la risa esperpéntica de Asia Argento invitándonos a hacer lo propio para que abandonemos la sala saludando el descaro de su padre a pesar de la ínfima calidad del producto. Cada cual deberá valorar esta opción, pero desde luego no todos los realizadores están en posesión de la finura desmitificadora de Takeshi Kitano, por citar un ejemplo reciente.
En cualquier caso, personalmente queda en mi recuerdo aquella “Suspiria” que aún hoy sigue fascinándome, todavía aterradora y sugerente, cuando el pulp ocultista y el giallo sobrenatural casaban en un marco que bebía de los colores de Bava y el art decó. Puro horror que sobresaltaba por sus inclinaciones hacia lo primigenio, hacia nuestras fobias primitivas. Efectivamente, qué hermoso era matar y morir entonces. Y que decepcionante resulta pues mofarse de uno mismo hoy en día. Ahora más que nunca, cualquier tiempo pasado fue mejor.

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