
LA FIN DU SILENCE (Roland Edzard, Francia / Austria)
Otra vuelta de tuerca a la pugna irresoluta entre progenitores y herederos (uno de los hot topics de la temporada como relevo del cine de la crisis que distinguió el discurso autoral del pasado ejercicio).
Co-producción franco-austríaca, “La fin du silence” constituye, tras cuatro cortometrajes de porte austero y conclusión afilada, la ópera prima de Roland Edzard; una suerte de thriller rural, arisco y brumoso, singularmente impersonal y vacilante en sus intenciones últimas, plagado de interludios auditivos y fragmentos etéreos, que se desliza, no sin dificultad, por los márgenes de territorios fronterizos, bajo el peso del western agreste de sensibilidad contemporánea y la tragedia soterrada relativa a la ineluctabilidad del destino. ¿Una panorámica del trance que conlleva el aislamiento del individuo que se desliga de la manada en cuanto garante de sentido y legalidad? ¿Una crónica de la descomposición de un núcleo familiar como consecuencia del odio y los lazos adulterados? ¿Un lienzo impresionista consagrado a la irreductibilidad del salvaje? ¿Un relato de terror que confronta criaturas sitiadas y amenazas en la sombra?
Un escabroso episodio doméstico, siempre sugerido, nunca manifiesto categóricamente (esa rotura a la que alude el título de la película), es la equívoca fuerza motriz que nos permite, en última instancia, dilucidar la naturaleza de la conducta violenta y furibunda de Jean, el hijo menor del clan Klein. Un joven huraño e impetuoso, alentado exclusivamente por el consumo de tabaco y la rima acerada del hip hop (un desangelado retrato de la pubertad no exento de tópicos), que, tras una trifulca matinal de consecuencias imprevisibles, y respaldado por el confuso cobijo fraternal que le brinda un matrimonio vecino, se desvanece, como un depredador, en la espesura del bosque, armado con un rifle y cegado por un propósito desafiante.
La trama mínima que edifica el debut de Edzard, arropada con un envoltorio funesto y contextualizada en un marco de adversidad (significativo el inquietante papel protagónico de la flora, la lluvia y la niebla), exhibe sin dilación (apenas 78 minutos de metraje) los engranajes de su tesis mientras encadena coacción cotidiana, privación sexual y disolución de un ideal identitario de ascendencia tradicional, justo hasta su forzoso término, finalmente, una moraleja que alega peligro cuando irrumpe en escena un animal (anímicamente) herido.





