The Ugly Duckling

The Ugly Duckling

THE UGLY DUCKING (Garri Bardin, Rusia)

Extraordinario largometraje de animación urdido, con gran paciencia, por el genial cineasta ruso Garri Bardin (ganador de la Palma de Oro en Cannes en 1988 por Vykrutasy, pura delicatessen animada protagonizada por un rollo de alambre con facultades omnipotentes), que toma como sustento argumental el cuento epónimo de Hans Christian Andersen, por un lado, y los ballets “El Cascanueces” y “El lago de los cisnes” de Tchaikovski, por otro, siguiendo la línea estilosa (mezcla entre animación stop motion y cine musical, con ropajes infantiles pero sofisticada puesta en escena)  esgrimida ya con anterioridad, con gran acierto, en “Grey wolf and little red riding Hood” en 1990, una sátira político-musical en formato clay-motion que utilizaba como excusa contextual el cuento de Perrault, “Caperucita Roja”.

Barrin se enfrenta a esta obra, la más larga en cuanto a duración de toda su carrera,  en plena madurez como autor (tras el éxito de su trilogía «Chucha»),  sabiéndose capaz de dar vida a cualquier  utensilio o personaje, por muy esquemático (o insustancial) que éste se presente.

The Ugly Ducking se puebla, así, de gallos que se hacen, literalmente, “caquita” cuando un zorro cuestiona su autoridad delante del resto de los suyos y de otras aves de corral, todas investidas de una personalidad arrolladora: faisanes que ejercen de maestros de ceremonias, urogallos animados con trazos despóticos, gallinas ponedoras sin voluntad alguna como para dejar de serlo, gansos que aleccionan a sus imberbes polluelos sobre la necesidad existencial de ir paso a paso en su período de aprendizaje,  patos en continua competencia consigo mismos y un pequeño cisne, feo y torpe, sobre todo en territorios cercados, subsumido en un ambiente que parece no pertenecerle, miembro de una familia adoptiva que no solo no lo reconoce como tal sino que además lo cuestiona y repudia públicamente (el momento en que el huevo pasa a formar parte de la “familia” es singularmente hilarante), incluso cuando se apresta a salvarlos de las amenazas externas que acechan al corral.

Unos y otros dan empaque y (no poca) solidez (melo)dramática a una obra embebida de sensibilidad, emotividad y ternura (y también de crueldad, no queda otro remedio), a partes iguales, que saca al trasluz lo mejor de una filmografía habitualmente preñada de trazos delicados y soluciones artísticas portentosas (también es éste el caso).

La perfecta sincronización entre el movimiento de la cámara, los propios personajes y el score musical que reviste la película (algo que ya anticipa en su cortometraje “Adagio” en el año 2000) se convierte en el principal estímulo de una narración articulada en torno a la importancia que adquieren los gestos o los detalles y en  la que el punto de vista del espectador lo representa una lombriz de tierra que, desde las trincheras, ejerce de testigo de todo y cuanto acontece en el corral.

Temáticamente ofrece un retrato particularmente siniestro de la exclusión social y la no pertenencia (ya presente en el original de Andersen) a un colectivo. Desde el punto de vista alegórico, además (y no es poco en un producto aparentemente concebido para un mercado infantil), enfrenta el carácter sumiso y marcial (izamiento de la bandera comunitaria, marchas militares, período de instrucción para los más jóvenes, etc) que define la cotidianidad de los habitantes del gallinero, exégetas de un viejo orden recalcitrante, con la libertad, no exenta de riesgos, que promete el mundo exterior, más aún cuando uno se sabe rodeado de los suyos.

En el recuerdo deja dos de las elipsis más bellas y mejor ejecutadas del cine de animación contempóraneo (ambas relacionadas con la metamorfosis que sufre el protagonista), una colección de himnos (y coreografías) recurrentes (más que tronchanes resultan los que acompañan el diario izamiento de la bandera) y un trabajo artesano  virtuoso por parte del equipo técnico de una película que parece no pertenecer a esta época, tales son los riesgos narrativos que asume, la brillantez estética última con que se presenta su resultado. Es, en fin, una gozosa filigrana rodada en stop-motion concebida para paladares exquisitos; si has llegado hasta aquí, también es el tuyo.

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